Por qué no me gusta el ajedrez

Y, sobre todo, por qué es para mí un problema que no me guste el ajedrez.

Hay cientos de juegos de mesa que no me gustan y, de hecho, a poco que uno hurgue un mínimo en los archivos de este blog puede encontrar varios ejemplos de ello, en los que de manera más o menos asertiva doy mis razones para alejarme de un juego u otro. Incluso ya he hablado más de una vez de mis traumas infantiles con el ajedrez al tratar otros juegos como Onitama pero, ¿desde cuándo haber hablado ya de un dramita anteriormente ha hecho que alguien se eche atrás a la hora de volver a darle vueltas al torno?

Hay algo en los juegos clásicos, ya sea el póker, el ajedrez o el mancala, que crea un aura en ellos. Ya se sabe, clásico es el juego que se juega como un clásico, y tanto en la literatura como en el cine o incluso la pintura se nos ha presentado el ajedrez como el duelo mental definitivo, la prueba maestra que señala quién es el más inteligente entre dos contrincantes. Y esa idea me ronda y me llama como esa herida que sigues toqueteando para asegurarte de que todavía te duele.

Hace unos días tuve una experiencia que me llamó poderosamente la atención. Me tocaba cubrir la ausencia de otro profesor en una clase de la que había oído alguna que otra lindeza, así que ya estaba preparado con el Black Stories y otras herramientas básicas del profesor de guardia cuando me encuentro con esas criaturas, en la hora previa al recreo, en plena efervescencia. Ya estoy preparando la cara de malo y el discurso apaciguador cuando una bola de nervios y codos levanta una mano y pregunta.

Profe, ¿podemos pedir un ajedrez?

No pidieron uno sino cinco, para ir turnándose y jugar todos. Y así pasaron la hora, meneando la rodilla cuando el oponente tardaba de más, haciendo demostraciones de entusiasmo dignas de un futbolista gallito cuando capturaban una pieza y pasándoselo en grande, esos chavales que acumulaban partes de conducta como si fueran cromos dándole a las piezas blancas y negras, mostrando al mismo tiempo pasión por la actividad e indiferencia por su significación. Perdiéndole completamente el respeto a ese artefacto tan lleno de historia y simbolismo y, por eso mismo, disfrutándolo como yo nunca he sido y tal vez nunca seré capaz de hacerlo.

Por supuesto, tampoco era una pasión unánime. Mientras unos jugaban al ajedrez, otros se entretenían preguntándose cómo la compra de unos zapatos de tacón alto pudo haber provocado la muerte de aquella mujer que les decía, los menos adelantaban o copiaban los deberes de alguna clase posterior y de vez en cuando se oía el tenue crujir del papel cuando se pasaban las páginas de una novela de amores imposibles. Pero la mera presencia de esos tableros a cuadros blancos y negros entre todas las opciones ya era un pequeño milagro.

Desde entonces lo he vuelto a intentar. Me he creado una cuenta en Chess.com donde cada día echo un par de partidas, resuelvo algún puzle y atiendo a algún tutorial, intentando desentrañar los secretos de esa actividad que soy incapaz de ver como un juego, sintiéndome como Jack Skellington buscando la explicación científica de la Navidad. Empiezo a reconocer patrones, a comprender conceptos de posicionamiento y valoración, a extrapolar conceptos básicos. A darme cuenta de mis errores al cometerlos y no varias jugadas después. A comprender el respeto, la admiración y el amor por él que tienen sus aficionados. Intelectualmente hablando, veo todos los motivos por los que el ajedrez se ha mantenido como el símbolo que es durante todos estos siglos.

Lo que aún no alcanzo a aprehender es la razón por la que, incluso ahora que lo estoy disfrutando, no me gusta el ajedrez.

2 Comments on Por qué no me gusta el ajedrez

  1. Yo creo que una de las razones por las que uno no termina de gozar el ajedrez es justamente porque esa aura casi mística que se le ha otorgado te hace sentir que debes vivirla o no te gusta el ajedrez y creo que no debería ser así. Que si te encanta el ajedrez porque es una competencia mental y usas cronómetro está genial, pero si te gusta un ajedrez con figuras de tu anime favorito y solo lo usas como pasatiempo también debería estar bien visto.
    Siento que esa aura esnob no ayuda en mucho. Y otra cuestión sería que cuando quieres jugar ajedrez para que solo hay dos puntos: o es lo único que te debe gustar (porque es «la suprema prueba del juego de mesa») o eres malo por no querer dominarlo.
    En mi caso, cuando era niño jugaba mucho ajedrez (en parte porque era de los pocos juegos de mesa que tenía) y varios familiares hacían alarde de la intelectualidad del ajedrez y me metieron a ese mundo y yo dejé de disfrutar el ajedrez. Pensé que había sido porque ya no me gustaba, hasta que hace un año me compré un ajedrez de Lego y disfruté bastante armar las figuritas como las de la primera película de Harry Potter y cuando lo jugué vi que realmente me gustaba el ajedrez, lo que odiaba (y sigo odiando) es esa aura que repele tanto.

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