Hasbro y la muerte del autor

Que no hay consumo ético bajo el capitalismo es algo que nos repetimos como un mantra para excusarnos cuando compramos un cuaderno y dos bolígrafos en Amazon en lugar de bajar a la papelería de la esquina porque igualar a Carlos, que lleva desde hace dos años diciendo que se jubila ya pero no acaba de decidirse porque no encuentra a quién traspasarle la tienda y con la pensión que le quedaría no le da la vida, y a Jeff Bezos, que usa el dinero que se ahorra al obligar a sus empleados a mear en botellas de plástico para construirse cohetes en forma de pene, nos ahorra el esfuerzo de ponernos unas zapatillas y caminar cincuenta metros. Como el sistema está corrupto y ninguna acción carece de mácula, nos damos permiso para revolcarnos en el fango y considerarnos iguales al que, intentando cruzar saltando de piedra en piedra, se acaba manchando el bajo de los pantalones.

Cuando era un adolescente insoportable, época que puedo ver con distancia y visión crítica ahora que he madurado y me he convertido en un cuarentón insoportable, el estado de mi cama era una fuente de drama continuo: se me daba fatal hacer la cama o, al menos, nunca conseguía hacer la cama de manera que satisficiera los estándares de mi madre, y cada día se repetía el mismo ritual: yo hacía la cama con toda la torpeza y desgana del mundo; mi madre me regañaba por los pésimos resultados obtenidos; yo, que a decir verdad no veía la diferencia entre una cama bien hecha y una cama hecha de aquella manera, intentaba estirar una sábana por aquí y ajustar una esquina por allá; mi madre se acababa desesperando y, tras volver a regañarme, hacía ella la cama. El resultado final fue que decidí ahorrarnos todos los pasos intermedios y acabar por no hacer la cama porque para qué, si al final iba a recibir una reprimenda de todas formas y así al menos me ahorraba el esfuerzo.

Ahora tengo un edredón, y echo muchísimo de menos a mi madre.

Hoy en día hemos dejado que sea la censura social la que ejerza de ética y, o bien nos convertimos en inquisidores aterrados por que alguien descubra nuestros pecados y los saque a la plaza pública (recordadme que alguna vez os hable de ese juego hilarante y aterrador que es Paranoia o, mejor aún, echadle un vistazo y juzgad por vosotros mismos), o bien renunciamos a las más elementales normas de cortesía y nos convertimos en monstruos que se llaman a sí mismos políticamente incorrectos. En cualquier caso, ya sea a favor o en contra de la norma social, hemos dejado de pretender ser individuos para limitarnos a ser militantes de un bando o del opuesto. No respires por miedo a ofender, o ve meando por las esquinas para molestar a los wokes. Vete a vivir a un monte y aliméntate de hierba y nueces, o pide cada día a una cadena de comida rápida distinta. No te acerques a ninguna película, libro o canción cuyo autor lleve menos de veinte años muerto o no escuches nada que no lleve autotune ni tenga explosiones. Sé Titania McGrath o Torrente. No blandees nunca.

En el ámbito del ocio, esto incluye muy habitualmente hacer un repaso obligado por el historial y andanzas de quienes nos ofrecen cada producto cultural antes de decidir consumirlo o no. Sí, vale, en un principio esta historia sobre una academia de superhéroes mutantes o esto que me cuentas sobre horrores de más allá del tiempo y el espacio, incluso este juego de poner dados de un color encima de otros para mover mi peón sobre este tablero me suena bien pero, ¿cuál es la postura de su autor respecto a los últimos temas de actualidad? ¿Está en mi bando o es de los otros? ¿Tengo permiso de mi tribu para disfrutar de ello?

Ayer fue domingo de Magic. Nos juntamos después de comer, sacamos el cubo, hicimos nuestro draft y nos pusimos a jugar. Tuvimos momentos de tensión, jugadas maestras, reveses del azar y todo lo que hace que este juego sea una de mis maneras favoritas de pasar el tiempo: uno no está treinta años jugando a un juego si no lo ama. También estuvimos hablando de las siguientes quedadas para jugar a rol, que estamos alternándonos como directores entre campañas episódicas y quedan tres o cuatro capítulos, dependiendo de cómo se desarrollen los acontecimientos, de mi campaña de Dungeons & Dragons. Ambos juegos pertenecen a Hasbro y Hasbro es, indudablemente, el Mal.

Desde que Charles Darrow le robó a Elizabeth Magie el diseño de The Landlord’s Game y se lo vendió a Parker Brothers con el nombre de Monopoly, la industria de los juegos ha estado siempre dividida entre la ilusión de los creadores por llegar a algo único que lleve diversión a la gente, y la codicia de las grandes empresas que solo quieren conseguir el máximo beneficio a expensas de todo lo demás. Teniendo en cuenta que Hasbro acabó por absorber Parker Brothers, podemos hacernos una idea clara de cuál es su punto de vista en esta historia.

Pero es que están empeñados en que no se nos olvide y, últimamente, uno diría que hacen esfuerzos por aparecer ante la opinión del aficionado como un villano de opereta de esos de los que se reía Ozymandias: desde el fiasco de intentar revocar la OGL, licencia que permitía a aficionados y creadores utilizar las reglas de D&D en sus obras, hasta los despidos masivos de la plantilla de Wizards of the Coast (el departamento responsable de Magic y D&D) a llegar a mandar a la agencia Pinkerton a amenazar y acosar a un chaval al que habían enviado sobres de una expansión de Magic antes de tiempo, pasando por supuesto por las declaraciones de Cynthia Williams en las que manifestaba su deseo de buscar la forma de llevar D&D a un modelo de micropagos parecido al de los videojuegos en línea, el equipo directivo de Hasbro está dispuesto a hundir cualquier barco que se acerque a ellos cargado de buena voluntad, como todo aquel que ve El lobo de Wall Street como un manual de instrucciones.

Menuda tragedia del primer mundo esta de plantearse qué hacer cuando la compañía que publica dos de tus juegos favoritos resulta estar dirigida por gente horrible. Lo más sencillo sería cortar lazos y tan pichis, pero por mucho que no me haya acercado a la nueva versión de HeroQuest, que dejase sin terminar Ready Player One y que me dé igual cuántas nuevas versiones de Cazafantasmas, Indiana Jones o Bitelchús quieran sacar, no soy totalmente inmune a la nostalgia y, como ya he mencionado, treinta años de recuerdos no son tan fáciles de borrar. No: no quiero que el repeluco que me produzca la directiva de Hasbro embarre mi amor por los dos juegos que ahora publica.

Podría recurrir a la idea de Barthes y decir que los juegos pertenecen a quienes los juegan, y que al no tener ninguna importancia el otro extremo de la creación no debería de importarme qué o quién hay allí. Pero sería muy tramposo por mi parte, porque sí me importa quién hay, quién escribe las reglas, quién ilustra las cartas, quién imagina las historias que me atraen de ellos. Porque me interesa la obra aunque desprecie el producto y entre mi mesa y los inversores hay gente a la que no quiero borrar. No, no quiero matar al autor: quiero que siga vivo, y que le dejen crear en lugar de producir.

Porque, además, es precisamente esa gente a la que Hasbro quiere eliminar, literalmente. Hace unos días en una entrevista con Gamesbeat Chris Cocks, el actual CEO de Hasbro, cuenta con entusiasmo cómo están buscando la manera de minar el contenido de juegos y publicaciones con décadas de historia y usarlos para alimentar aplicaciones de LLM que creen ellas solitas el contenido, sin tener que tener a seres humanos involucrados en el proyecto. Esos malditos seres humanos y sus sueños y sentimientos, que se interponen en el camino de los beneficios.

¿Peco de ludita al no querer jugar con cartas creadas por un algoritmo? ¿Me quedo atascado en el pasado si quiero que las historias que me emocionen las haya imaginado antes otro ser humano? Es muy posible. Pero, como no se cansan de decir quienes creen que por defender mucho este sistema van a verse beneficiados por ello, igual que vale para el que se compra una gorra de quinientos euros como primer paso para convertirse en millonario, nadie es quién para decirle a otra persona lo que puede o no puede hacer con el dinero ganado con el sudor de su frente. Y si yo, anticuado, romántico e irracional, no quiero apoyar con mi dinero este futuro inevitable y revolucionario, nadie puede obligarme a hacerlo.

Mis estanterías están llenas y mi conciencia, dentro de lo que cabe, tranquila.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El dado de Jack

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo