Bruno Cathala y Ludovic Maublanc. 2014 – Hurrican (Asmodee)
Si estás mínimamente interesado en el mundillo de los juegos de mesa, te parecerá raro no haber estado viendo cosas sobre Madame Ching por todas partes: es un juego de los autores de cosas como Cyclades o Mr. Jack, con ilustraciones de Vincent Dutrait, ¡y va de piratas! (bueno, más o menos). Y, sin embargo, ahí lo tienes, más o menos ignorado, puesto en alguna que otra tienda con su caja tan cuca, esperando a que alguien se apiade de él, como un cachorrito abandonado. Pero claro, a veces uno adopta un cachorrito y éste se dedica a mearse en la alfombra y comerse los calcetines…
Pero tranquilos, no hay de qué preocuparse: Madame Ching ya sabe hacer sus cositas fuera y va a dejar tranquila tu ropa interior, así que no hace falta que guardes bajo llave tus calzoncillos de Batman. Lo que sí puedes hacer es llamar a los encargados de seleccionar juegos para premios y preguntarles por qué carámbanos se han olvidado de esta joyita en un año en el que no es que hubiera mucha competición. Y es que estamos ante un juego familiar más que decente y muy injustamente tratado, pero aquí estoy yo para defender su honor… O lo que sea que tienen los piratas.
En Madame Ching somos rudos piratas que intentan impresionar a la susodicha para que nos permita ser miembros de su tripulación en el barco más temido del Mar de la China, el China Pearl. Y para ello vamos a hacer lo que todo temible pirata debe: jugar cartas de colores. Y es que esa es toda la complicación del juego: cada turno juegas una carta con un número, un color y (tal vez) un símbolo, mueves tu barco más o menos dependiendo de la carta que hayas jugado (si es mayor que la anterior, hacia adelante; si es mayor y con un color distinto, en diagonal y, si es menor, de vuelta al principio) y robas una nueva carta. Y ya está.
Pero si es tan simple, ¿dónde está la gracia? ¿No lo estaríamos pasando mejor jugando al bingo? Ah, amigo, es que me he dejado la parte chula sin mencionar: cuando juegas una carta de menor valor que las que has ido usando, tu barco vuelve al principio, sí, pero recordemos que es un juego de piratas, y todo pirata tiene su botín. Dependiendo de cuán lejos hayas llegado en tu última expedición, puedes hacerte con el botín de un barco más o menos suculento. Y, si has sido capaz de juntar tres símbolos iguales o cuatro distintos, te llevas de paso una carta que te confiere una habilidad especial. Además, si llegas al final del todo o consigues cuatro de esas cartas de habilidad podrás, respectivamente, arrasar Hong-Kong o conseguir impresionar a Madame Ching lo suficiente como para que te ponga al mando de su China Pearl. En el momento en el que esto sucede o ya no quedan más barcos que saquear, se acaba el juego y se empiezan a contar los puntos conseguidos entre monedas, joyas y demás chucherías.
Hay un último detalle que le añade una chispa especial al juego, y es el de las cartas de encuentro: si tu barco vuelve a casa sin haber abordado a nadie, te llevas una de esas cartas como premio de consolación; además, también hay algunos navíos que te dan cartas como parte del botín por atacarlos, así que no te van a faltar oportunidades de tener cositas ricas en la mano. Y estas cartas son bastante potentes: te permiten desde robar joyas a otros jugadores hasta adelantar un poco más tu barco, pasando por los simples y llanos puntos de victoria directos. En un juego más largo o complejo me quejaría de que algunas de estas cartas parecen mejores que otras o pueden dar un vuelco importante a la partida, pero estamos ante un juego familiar que dura poco más de media hora en el que estas sorpresas siempre añaden tensión e incertidumbre: que tú seas una máquina jugando a Caverna está muy bien, pero luego no te quejes si tu hermana y tu cuñado se dan cuenta de que se tienen que volver a casa justo cuando lo sacas y empiezas a desplegarlo.
Puede que si lo tuyo son los juegos más complejos o tienes ya muchos juegos familiares Madame Ching no vaya a sacudir tu mundo, pero es un juego sólido y eficaz con el que sorprender jugando a algo distinto a los clásicos arraigados e incluso una buena primera piedra en la colección de un amigo que esté empezando en el mundillo y quiera algo que no tenga todo el mundo. Este cachorrito tan mono, además, sabe algunos trucos.
Lo mejor: un juego familiar más que decente, que no tiene nada que envidiar a los clásicos.
Lo peor: la versión para dos jugadores es más un apaño que otra cosa, y puede tirar para atrás.
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