Malos tiempos para lo lúdico

La guerra le ha tomado el turno a los comerciales de Avón, que por su parte se pasaron a la venta online, y es ahora ella quien llama a nuestra puerta. No porque se haya roto un largo periodo de paz mundial, porque los eufemísticos conflictos armados son una constante en la historia de la humanidad, sino porque esta vez los muertos son blancos, altos y rubios, y quedan mejor en las portadas de los periódicos que cuando son marrones. Y, por supuesto, los que hace unos meses eran epidemiólogos, vulcanólogos y analistas políticos ahora son expertos en geopolítica y estrategia militar, y nos lo cuentan sin necesidad de cambiarse de pijama mientras señalan cómo deberían hacerse las cosas si les dejaran a ellos que sí que saben y, sobre todo, por qué es la culpa de los mismos a los que siempre acusan de todo.

En estos momentos de bombardeos literales y propagandísticos es inevitable sentirnos abrumados. Somos animales sociales y sensibles, y quién no se estremece cuando está en el autobús buscando algún chiste que compartir en el grupo de amigotes y lo que encontramos en la palma de nuestra mano son rostros de huidos y cuerpos de quienes no llegaron a huir. Recordamos Irak, Yugoslavia, Atocha, Palestina. Pensamos que ya está bien de oscuridad, y nos sentimos inmediatamente culpables por nuestros momentos de luz.

Y miramos nuestra estantería.

Y de repente los soldaditos de plástico, las fichas de cartón, tienen nombre y apellidos. Y familias que los esperan en casa. Y cada seis en el dado se convierte en la inscripción en una lápida. Y nos odiamos por no haberlo sabido antes, y se nos amargan las risas de años pasados, y esos colores de entonces comienzan a contagiarse del gris de ahora.

Pero tenemos otra lucha. La lucha contra el gris, una lucha que nos lleve de la supervivencia a la vida. Precisamente en estos tiempos en los que todo es más oscuro y se nos exige más esfuerzo para dar cada paso, es nuestro deber no solo seguir caminando sino encontrar motivos por los que caminar. Recordar enfurecernos, rabiar contra la muerte de la luz y encender más velas, más antorchas, más focos. Aunque nos parezca banal, aunque suene irresponsable. Aprender de Tolkien cuando nos dice que la lucha solo tiene sentido cuando tenemos algo por lo que luchar.

Puede que ahora se nos atragante ese Twilight Struggle que tanto nos gustaba antes, puede incluso que no estemos de humor ni siquiera para echarnos un ¡Aventureros al tren! y nadie tiene derecho a decirnos cómo nos debemos sentir o cuál debe ser nuestro nivel de abstracción durante nuestro tiempo de ocio: no es ninguna competición y no tenemos ninguna necesidad de demostrar cuán resilientes o humanitarios somos, y menos tomando algo tan baladí como vara de medir. Pero nos debemos a nosotros mismos, y al mundo, dedicarnos esos momentos para echar una partida, ver una película, leer un tebeo o una novela o sencillamente tomar un café con nuestra gente favorita.

Me temo, por otra parte, que estoy demasiado avinagrado como para creer en el poder absoluto de las sonrisas, y por muy bonito y tranquilizador que quede decirlo no vamos a cambiar el mundo solamente con quererlo mucho. Claro que si los malnacidos que ordenan los ataques y las muertes se dedicaran a jugar al Risk con muñequitos en lugar de con vidas humanas a todos nos iría mejor, pero la realidad es que no es así y por mucho que soñemos con cambiar las reglas la partida es la que es. Y si queremos que haya cambios tendremos que hacer algo nosotros mismos por ello, y quejarnos mucho en Twitter mientras compartimos fotos no cuenta como «hacer algo». Organiza una recogida de ropa y suministros para los refugiados de esta guerra, o de las demás que no han dejado de existir aunque ya no salgan en las noticias, en tu lugar de trabajo o tu club de juegos. Apoya a alguna de las organizaciones que están ayudando a los afectados. Consuela a ese conocido que tiene familiares en una zona conflictiva. Échate al hombro parte de la carga que otros llevan, según tus posibilidades y ánimos. Y, cuando vuelvas a casa, entonces, permítete el lujo de recordar que en el mundo también hay risas y belleza, recarga las baterías y mañana presentaremos resistencia al gris de nuevo. Ese es el valor que tienen el ocio y el arte en tiempos oscuros: iluminar el final del túnel para mostrarnos el camino entre las sombras.

PD: Como todos tenemos que arrimar el hombro, por mi parte voy a tomar todas las donaciones a ko-fi recibidas entre el 7 y el 13 de marzo de 2022, doblar el total (hasta un máximo de 1.000€) y donar la suma a una ONG. Si queréis proponer un destino para esa suma, los comentarios están abiertos.

2 Comments on Malos tiempos para lo lúdico

  1. Con todo el respeto, claro, a Dylan Thomas.
    https://poets.org/poem/do-not-go-gentle-good-night

  2. Ese poema lo conocí leyendo «Muerte de la Luz», de George R. R. Martin. Una gran novela de ciencia-ficción, extraordinariamente melancólica. De hecho, es una novela muy en sintonía con el sentir general de esta entrada: ¿importan los mundos que soñamos y todas nuestras aficiones, o al final nada importa nada?

    Te noto algo filosófico últimamente, Betote. Tranquilo. Al final cada uno nos creemos el centro del universo y somos una pequeña cagarruta. Pero una cagarruta que siente, ama, piensa y crea. Disfrutemos de la vida y estudiemos a los estoicos y a los epicúreos ;).

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