Sombras sobre Londres y la cultura de la cancelación

Pocas actividades más enriquecedoras y beneficiosas para la salud mental que sentarte en torno a una mesa a jugar con gente a la que aprecias. Durante unas horas se borran los límites del tiempo y el espacio, dejamos de ser quien nos ha tocado ser en la lotería cósmica y elegimos nuestra esencia: nos convertimos en granjeros, estadistas, héroes… O, en el caso de uno de mis juegos favoritos, en un asesino en serie que mató y descuartizó brutalmente a, al menos, cinco mujeres.

Jack el Destripador no es el papel más vil que he interpretado durante una partida. He llegado a ser comerciante de esclavos, oficial del ejército nazi e incluso, escarbando en lo más abyecto del pozo moral, empresario capitalista, pero quizá es uno de los ejemplos más gráficos e icónicos que tenemos en la cultura popular de maldad pura, en parte debido al aura de misterio que lo rodea el hecho de que su identidad siga sin conocerse, en parte por pertenecer al mundo del Londres victoriano y mezclársenos el personaje, que no la persona, con otros iconos como Sherlock Holmes, Drácula, los personajes de Wells y Dickens, hasta la mismísima Mary Poppins. Que Alan Moore escribiera tanto From Hell como La Liga de los Caballeros Extraordinarios no es una coincidencia.

Que el tema me fascine y atraiga de una manera tan mística no basta para explicar por qué Sombras sobre Londres es uno de mis juegos favoritos, claro. Sí bastó para captar mi interés y llevarme a probarlo, porque todo lo que tenga que ver con el Londres victoriano real o imaginario es ya una vela encendida para la polilla que tengo por cerebro, pero una vez ya me tuvo sentado a la mesa fueron sus mecánicas las que se encargaron de atraparme del todo. En cuatro noches distintas, tras una pequeña fase de preparación que, venga, va, lo admito, sí podría ser algo más simple, pero que al final en un minutito ya la has terminado y te ha dejado una situación inicial que seguramente no hayas repetido nunca por más partidas que hayas jugado, tienes un juego del gato y el ratón perversamente sencillo en apariencia, pero con capa tras capa de profundidad: en algún punto del barrio de Whitechapel se oye un grito y, mientras los agentes de Scotland Yard se ponen en marcha, Jack intenta llegar a su escondite sin ser descubierto.

En su turno, Jack anota en un papel a qué casilla del tablero se mueve, quizá empleando alguna de las limitadas fichas de movimiento especial si se ve acorralado o quiere dar un golpe de efecto. Scotland Yard, por su parte, mueve sus piezas sobre el tablero e investiga las casillas adyacentes en busca del rastro de Jack, y se repite el proceso hasta que la policía ha dado con la situación exacta del asesino o este ha llegado a su destino. Si se cometen los cinco crímenes (dos de ellos en la misma noche) y Jack no ha sido descubierto, desaparece entre los callejones de Londres y no se vuelve a saber de él. Si Scotland Yard lo atrapa antes de que eso ocurra, habrán cambiado la Historia, salvado alguna vida y destruido el mito del monstruo, desterrándolo con ello al olvido. Y, entre tanto, tenemos un duelo mental entre dos jugadores (mi manera preferida de jugarlo) con gambitos, faroles, juegos de miradas y pura estrategia que mezcla los aspectos más interesantes del ajedrez y el póker sin cargar con el bagaje histórico de ninguno de los dos.

Por supuesto, por mucho que nos queramos poner en el ojo la venda de la distancia temporal, la iconicidad o la abstracción, jugar a Sombras sobre Londres es mucho menos inocente que hacerlo a La furia de Drácula: estamos tratando con gente real. Gente real que murió de manera horrible a manos de un asesino al que ojalá pudiéramos llamar inhumano. Y sus muertes nos están dando un par de horas de entretenimiento. Y lo miremos como lo miremos, bajo la lámpara de la moral hay mil actividades más inocuas que esta. Por otro lado, por muchas objeciones que le podamos poner desde el punto de vista teórico, lo cierto es que, y perdonadme el empirismo, en ningún momento he sentido esa incomodidad en la mesa, ni nadie con quien haya jugado me la ha expresado.

Ya, sé lo que estarás pensando: imposible que eso suceda. Con el advenimiento de la cultura de la cancelación y los ofendiditos de la generación de cristal, hoy en día no hay libertad de expresión y todo está censurado para evitar cualquier tipo de ofensa, y hoy en día no se podrían emitir cosas como Rick & Morty o The Boys. Que ojalá volviéramos a esos años apacibles en los que Monty Python podía estrenar tranquilamente La vida de Brian y en ningún momento encontrar problemas de financiación o causar polémica alguna. Y a lo mejor, solo a lo mejor, lo que pasa es que no deberíamos creernos todo lo que leemos en internet, y que el mundo real está poblado por seres humanos complejos y no por clichés.

Siempre va a haber quien, a falta de virtudes propias, pretenda obtener una sombra platónica de autorrealización señalando las ofensas imaginadas en los demás. Quien crea que la mejor defensa contra la existencia del mal en el mundo sea enterrar la cabeza e ignorarlo pensando que tarde o temprano el mal se cansará y se irá a otra parte. Quien confíe tan poco en su propia convicción moral que crea que el único modo de estar a salvo de actuar mal es evitar cualquier ocasión de hacerlo. Siempre, en fin, va a haber idiotas, porque siempre los ha habido y la única diferencia que tenemos ahora es que se les ha concedido un altavoz más potente. Y, lamentablemente, también habrá quienes solo sepan reaccionar a este tipo de idiotez creando su propia idiotez newtoniana, igual y en sentido contrario, y que confundan la libertad de expresión con el derecho a la ofensa sin réplica, cuando el truco de la cuestión es mucho más simple: basta con tratar, en la medida de lo posible, de no ser un gilipollas.

He dicho antes que, en mis interacciones con gente real en el mundo real, nadie me ha puesto objeciones cuando he propuesto jugar a Sombras sobre Londres. Sería prepotente por mi parte extrapolar de ahí que nadie puede jamás ponerlas, y absurdo pensar que, si se diera el caso, mi reacción fuera a ser otra que guardar ese juego y proponer otro, porque las sensibilidades no se pueden imponer: ni yo soy quién para forzar a alguien a disfrutar de algo que le incomode ni esa persona tiene autoridad para evitar que yo lo haga, y reconocer y respetar ambos hechos es el primer paso esencial para llegar a algo parecido al respeto o, al menos, a la cortesía civilizada.

Recordemos que, si defendemos la libertad de expresión, tenemos que admitir que funciona en ambas direcciones, y que tan libre es alguien de publicar o decir lo que le dé la gana como otra persona de criticarlo, y que no toda crítica es un intento de censura. Y, cuando lo sea, reflexionemos un poco antes de ladrar, por ver si lo que nos molesta es que nos quieran quitar nuestro juguete o que otros también tengan el suyo. El mundo, en definitiva, es complejo, y sus reflejos por fuerza han de serlo si quieren ser algo más que eternizadores de dioses del ocaso: cuantas más visiones diferentes se nos ofrezcan, más difícil será que alguien nos intente colar la suya como la única posible.

Y, hablando de visiones, si tenéis interés en conocer otra cara de la historia de Jack el Destripador, no puedo dejar de recomendaros que dediquéis unas horas de vuestra vida a escuchar el podcast Canónicas, en el que nos hablan de las vidas de sus cinco víctimas oficiales: Polly, Annie, Elizabeth, Catherine y Mary Jane.

No seáis buenos si no queréis pero, al menos, portaos bien. O que no os pillen.

4 Comments on Sombras sobre Londres y la cultura de la cancelación

  1. Excelente entrada, Betote (como todas, la verdad).
    Totalmente de acuerdo con tu reflexión aunque, en ocasiones, me resulta especialmente complejo ver la frontera entre la ofensa y la libertad.
    Y mucho más de acuerdo con tu opinión acerca de esa joya que es Sombras sobre Londres. En mi caso, curiosamente, lo disfruto mucha más a partir de 3 jugadores porque las conversaciones entre los policías (y la montaña rusa de sensaciones que producen en Jack) me parecen un ingrediente fundamental para el éxito de la partida.
    En cualquier caso, me gustaría que me recomendaras otros juegos de mesa ambientados en la época victoriana. Soy muy fan de este periodo pero me he dado cuenta de que solo tengo este Sombras sobre Londres y Sherlock Holmes Detective Asesor. ¿Alguna otra joya?
    Muchas gracias

    • Pues te diría que ya tienes lo mejor. Añadiría quizá «Whitehall Mystery», que es una secuela de «Sombras sobre Londres» que elimina las fases preparatorias, basada en otra serie de asesinatos sin resolver en el Londres de 1888.
      También hablan muy bien de «Unmatched: Cobble and Fog», que utiliza personajes de ficción de la época (Wherlock Holmes, Drácula, el Hombre Invisible…»), aunque el juego en sí trata de duelos entre figuritas que quizá no sea lo más temático.
      Gracias a ti por pasarte 🙂

  2. Muy buena reflexión. Ahora tenemos que cuidar mucho como nos expresamos, si no queremos ser quemados en la hoguera por x defensor de x cosa, tal cual más absurda cada vez. Recuerdo ya hace algunos años que me llamó la atención el juego de sombras sobre Londres debido a una de tus reseñas. Ya adentrados en el tema, me recomendaste en su lugar el juego de Castillos (más interactivo), debido a las características de mi grupo de jugadores. Es grato saber que aún juegas a sombras sobre Londres.
    Te mando un gran saludo desde México

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