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Reseña: Port Royal

Alexander Pfister, 2014 – Pegasus Spiele (Homoludicus)

Prepárate para sentirte como un auténtico lobo de mar. O no.

Ah, la vida pirata es la vida mejor… ¿O no? Días interminables sin ver otra cosa que agua por todos lados (y ni una gota para beber), escorbuto, peligros, incomodidades, bajas expectativas de supervivencia… Mejor nos quedamos en casita jugando a las cartas y ya si eso decimos ¡ARRR! de vez en cuando para cumplir.

Port Royal tiene de piratas los dibujitos y para de contar pero bueno, tampoco vamos a escandalizarnos a estas alturas: el tema en un juego puede ser un fin o un medio, y aquí estamos ante lo segundo; un juego de gestión de riesgos y cálculo de probabilidades en el que los dibujitos de señores peligrosos (o todo lo peligroso que es capaz Klemens Franz de dibujar a alguien) y barcos nos ayudan a recordar para qué sirve cada carta. Y tampoco está tan mal que sea así.

Lo que haces en un turno de Port Royal es jugar una partida de Blackjack contra ti mismo: sacas cartas hasta que encuentres una que te quieras quedar o hasta darte de morros con dos barcos del mismo tipo y pierdas el turno. Estas cartas pueden ser barcos, que te proporcionan dinero para comprar el resto, o tripulación, que te darán habilidades especiales, fuerza piratil con la que espantar a los barcos menos jugosos y aumentar la posibilidad de que salga algo chulo o, directamente, puntazos de victoria. De vez en cuando saldrán sucesos que penalizan a quien tenga 12 o más monedas (más o menos como el ladrón de Catán, para evitar que alguien se dedique a acumular dinero y «tapone» la partida) y expediciones que te dan dinero y puntos a cambio de determinados miembros de la tripulación. Así hasta terminar la ronda en la que alguien haya superado los doce puntos de victoria y, oh sorpresa, el que tenga más cuando eso suceda será el ganador.

Me he dejado un puntillo sin comentar porque quería hablar de él un poquito más: he dicho antes que cuando un jugador deja de sacar cartas (y no ha perdido el turno) puede escoger una de ellas y quedársela, pero no sólo eso: los demás jugadores, por orden, también tendrán la oportunidad de quedarse alguna de las cartas restantes previo pago de una monedita que va a la saca de quien se la ha jugado para ponerla sobre la mesa. Esto le añade el puntito de interacción que hace que un juego tenga gracia, y lo hace de una manera muy curiosa.

«Capitán, tenemos un polizón a bordo.» «¿Seguro, grumete? Yo no veo nada raro…»

Es muy común asociar, hablando de juegos, «interacción» con atacar a otros jugadores, bloquearles espacios y, en general, con cosas que está muy feo hacerle a un amigo. Sin embargo, Port Royal introduce una curiosa alternativa: aquí, cuando un jugador está sacando cartas, quieres que saque un montón, y que sean todas buenísimas: que le vaya muy bien, porque eso significará que algo quedará para ti. Del mismo modo, a la hora de sacar tú cartas te alegras cuando ves algo que sabes que le viene bien a otro, porque esa monedita tan fresca que te llevas a cambio. Es un juego competitivo en el que todos queremos ganar, pero estamos animando a los demás y deseando que les vaya también estupendamente, porque lo que es bueno para ellos también lo es para nosotros.

Si te atrae este concepto de mágica amistad lúdica, no tienes miedo a los juegos con más azar que estrategia y te gustan esos momentos en los que todo el mundo corea «¡otra, otra, otra!» como si estuvierais en una mesa de dados en Las Vegas, pero sin estarte jugando los ahorros para la universidad de la pequeña Ellie, Port Royal es una forma estupenda de pasar veinte minutillos. Y si nada de eso te atrae, ¿por qué no darle un tiento por una vez? Venga, la primera es gratis. Y todos los chicos mayores lo hacen.

Lo mejor: la interacción positiva que ofrece es ideal para jugarlo con familia y amigos no demasiado competitivos.

Lo peor: Klemens Franz podría al menos disimular y fingir que no calca sus dibujos de un juego a otro.

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