Pan duro

Pitas, pitas, decían los labios del viejo que hubiera preferido gritar: «¡hijas de puta!», arrojando con rabia las migas de pan duro. Detestaba con toda su alma a los maltrechos revoltijos de pellejo, plumas y huesos que se arremolinaban en el suelo ante él, peleando por los restos secos de su cena. El hedor a alimaña le ofendía la nariz y cada día, cada media barra que desmenuzaba y esparcía por la acera, las odiaba más. Pero con todo el asco y el odio continuaba respetando el rito. Aquellas palomas sucias, enfermas y crueles eran todo lo que le quedaba.

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