Mirad las nubes

Caminaba por la calle con la mirada vuelta hacia arriba, contemplando las nubes con embeleso. Nunca se cansaba de mirarlas; esas blancas formas etéreas que constituían pequeñas islas de pureza por encima de los edificios y del humo de los coches siempre le daban esa sensación de paz que tanta falta le hacía en aquel mundo gris de podredumbre y fealdad. No recordaba cuántas veces había estado a punto de decir ‘basta’ y, en el último instante, un rabo de nube lo había llevado de vuelta a la cordura.

Y, sin embargo, parecía que nadie más las miraba. Todo el mundo caminaba con prisa, con la vista perdida o fija en el suelo. Siempre se había preguntado cómo era posible que el mundo tuviera sentido para alguien incapaz de mirar las nubes, hasta que se dio cuenta de la respuesta: no lo era. Toda aquella gente caminaba sin rumbo, aunque estuvieran convencidos de dirigirse a la fábrica o a la oficina, en realidad iban hacia la nada. En cualquier momento dos de ellos podrían intercambiar sus puestos por error y nadie notaría la diferencia; al fin y al cabo, todos eran iguales, hombres y mujeres grises, autómatas nada más. Sólo algunas veces, en los niños, encontraba una mirada alzada, un dedo que señalaba una forma algodonosa mientras intentaba llamar la atención del adulto acompañante, que siempre se limitaba a hacer un gesto de asentimiento sin ni siquiera mover los ojos.

Le había correspondido una gran responsabilidad. Era el único adulto que todavía sabía de la belleza de las nubes, y a él le correspondía hacer que el mundo volviera a ser consciente de ella. Al principio aquella revelación lo abrumó; era demasiado peso para unos hombros tan pequeños como los suyos, pero poco a poco fue convenciéndose de que no había otra solución. Él era quien debía salvar a la humanidad de aquel futuro vacío que la amenazaba, y debía aceptar su deber con valentía y honor. Por fin, aquel día salió de su casa orgulloso y convencido de que era lo mejor, lo único que podía hacer. Caminó con paso firme, siempre mirando hacia arriba, encontrando las fuerzas necesarias en las nubes, en sus nubes. Durante todo su camino, podía ver en ellas la aprobación ante lo que estaba a punto de hacer.

Ahora, de pie junto al borde de la azotea, miraba una vez más a sus consejeras, y le parecía verlas sonreír, casi como si quisieran hablarle, decirle: «Bravo, eres un hombre valiente, haces lo correcto». Satisfecho, comenzó a montar el rifle que había traido consigo con los ojos brillantes de alegría. Hoy, por fin, conseguiría que la gente mirara las nubes.

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