Los ojos de la ciudad

Lo primero que vio fueron sus ojos, unos ojos del color de la lluvia sobre los rascacielos, y el resto de él se fue dibujando alrededor de ellos conforme se acercaba. No le dijo una sola palabra, simplemente la tomó de la cintura y comenzó a bailar con ella.
Ella se dejó llevar; hubo algo en el modo en que la acercó hacia él que la desposeyó de su voluntad, y ya solo podía abandonarse, aspirar aquel aroma a asfalto mojado, sentir aquel tacto áspero y gris de su piel, oír sólo su gris respiración. Su pecho latía con el ritmo del corazón de él, y a su compás bailaba. El mundo alrededor se había apagado.
Él la besó, y sus labios eran de humo y sabían a madrugada. Ella buscó bajo su ropa y se encontró acariciando mármol, un mármol que le devolvía las caricias, que la apretaba contra sí, que la poseía en cuerpo y alma. Descubrió que ya no recordaba nada anterior a aquellos ojos. Ya no le importaba ni su propio nombre, pues el único sonido que ansiaban sus oídos eran aquellos susurros que le dejaban en la piel una sensación fría y húmeda.
Había perdido ya el mismo control sobre sus sensaciones. Tanto placer, tanto frío, tanta confusión… ni siquiera se dio cuenta cuando poco a poco se fue apagando entre temblores de éxtasis, hasta que su vida explotó en un eterno orgasmo. Cayo al suelo vacía, rota, y ante aquel cascarón inerte la ciudad fue desvaneciéndose hasta que sólo quedaron unos ojos suspendidos entre el humo y la oscuridad del bar.

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