Intégrate

Quería a toda costa evitar las miradas de la gente. Sus ojos se me clavaban en la nuca y me gritaban una y otra vez: «diferente, diferente». Comencé trabajando mi carácter, eliminando mi ira, superando los momentos en que sentía impulsos de gritar, de correr desnudo por la calle, de llamar al sol y a la lluvia por sus nombres. Seguía teniendo las mismas inquietudes y la misma hambre que no podía saciar con nada; intenté amoldar mis gustos, dejar poco a poco de lado mis extravagancias e interesarme por lo cotidiano, sumergirme en el mundo que me rodeaba. Dejé de ser arisco, dejé de ser peligroso, y encontré por fin la aceptación que buscaba. Ahora que por fin soy normal, no consigo recordar mi nombre.

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