Feliz aniversario

La ciudad estaba helada. La gente corría de puro frío, intentando pasar el menor tiempo posible en las calles, pero a él no le importaba. ¿Qué puede el frío contra el amor verdadero? Allí estaba, de pie en la esquina, esperando a la mujer que hacía tiempo le había arrebatado el corazón. Ese día se cumplían precisamente dos años desde la primera vez que se vieron, en esa misma esquina. No se hablaron aquella vez, ni tan siquiera se miraron más de unos segundos, pero no le hizo falta para saber que estaban hechos el uno para el otro, que él era el destino de ella, y ella el de él.
Erguido, impasible, resistía los embates del viento que intentaba cortar su cara, su cara arrugada y curtida como cuero que hacía mala justicia a sus cincuenta y tres años. Impasible en el exterior, porque por dentro se sentía como un chiquillo enamorado, como si fuera su primera cita. Comenzó a recordar cada mirada, cada gesto, cada palabra que habían cruzado. Los atesoraba todos y cada uno de ellos; no había detalle de ella, por nimio que fuera, que no tuviera grabado a fuego en la memoria. Qué poco faltaba, qué poco…
Por fin sonaron las once, campanada tras campanada. En una iglesia cercana la gente salía de misa, creando una deliciosa anacronía en contraste con el mundo de plástico, aluminio y cristal que se alzaba a su alrededor. Allí, entre una enorme tienda de ropa para jóvenes y un banco, las mujeres vestidas de negro salían de misa, igual que habían hecho, cambiando sólo de nombre y de cuerpo, años, décadas, siglos atrás.
Y entonces apareció ella. La vio acercarse desde lejos, los brazos cruzados, apretados contra el pecho, la cabeza algo encogida, el cuello del abrigo levantado; ¡qué necio era el viento, que la trataba como si fuera igual que el resto del mundo! Pero él sabía que no era así, que ella era especial, que tenía ese algo que, hasta que la conoció, pensaba que sólo existía en las canciones. Mientras la veía acercarse, nervioso y temblando como un flan, improvisó la mejor de sus sonrisas para recibirla.
«Buenos días. Qué frío hace, ¿verdad?», le dijo cuando llegó hasta él. Ella le sonrió, angelical: «Mucho, mucho frío. Tome, Juan, tómese un café calentito a mi salud, que no hace día para estar en la calle». Juan notó el tacto cálido y suave de la mano de ella cuando rozó la suya para darle unas monedas. «Dios se lo pague», dijo tristemente y se quedó de pie en la esquina mirando, como todos los días desde hacía dos años, cómo se alejaba la única mujer a la que había amado.

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