Elogio de la ignorancia

¿Alguna vez os habéis entretenido pensando en qué superpoder os gustaría tener? Es una de las conversaciones de borrachera más comunes, y siempre está el intensito de turno afirmando que la respuesta a esa pregunta dice mucho de la personalidad de quien la da: que los que quieren volar ansían libertad por encima de todo, que quienes hablan de hacerse invisibles son más introvertidos o que los que sueñan con superfuerza se sienten acomplejados y carentes de valía, porque todo análisis psicológico basado en la respuesta a una pregunta que se precie tiene que ser simplón y superficial.

De siempre, mi respuesta a esa pregunta ha estado clara: yo querría poder detener el tiempo, encerrarme en una biblioteca y no volver a chascar los dedos hasta haberme leído todos los libros del mundo. La lectura ha sido mi vida y mi refugio desde que mi abuelo, de quien me he despedido para siempre unas horas antes de la publicación de esta entrada, me sentó en sus rodillas por primera vez con un cuento para enseñarme a leer. Ahora os habréis formado una imagen mental de mi abuelo como venerable profesor de Universidad, con su chaqueta de pana, sus gafas de pasta y su despacho forrado de libros. Y si él os viera, se reiría hasta ponérsele la calva colorada, os daría una colleja y os diría que os dejarais de tontás, porque nada estaría más lejos de la realidad. Lo que sí tenía claro es que siendo él niño el hambre y la guerra le quitaron muchas cosas, entre ellas el acceso a la cultura, y no estaba dispuesto a dejar que a su nieto le pasara lo mismo.

Así armado pasé mi infancia, devorando cuanta palabra escrita se ponía a mi alcance, desde aquellos Cuenta Cuentos que leía acompañado de las voces de Marta Martorell y Constantino Romero a los tebeos que cambiaba en la tienda de chuches de la Luisa por quince pesetas los delgados y veinticinco los gordos, pasando por Shakespeare, Swift o Cervantes, que leí por primera vez gracias al implacable calor de La Mancha que me hacía buscar entretenta en las tardes de verano mientras esperaba a que el sol se cansara y nos dejara salir a jugar a la plaza del Calvario.

Ser ignorante es una maravilla: cuando te acercas a un mundo, cualquier mundo, sin saber nada de él, todo es un descubrimiento, y cada libro que abres, cada primer capítulo de una serie, cada tablero que despliegas es algo nuevo que te va a abrir mil posibilidades. Lo mejor es que es una sensación que es fácil de recuperar si sabe uno moverse bien, porque siempre vamos a ser ignorantes en algún asunto. ¿Ya sabes mucho de juegos de gestión de recursos y empiezan a parecerte iguales? Prueba qué es eso de los wargames o los juegos de rol; ¿has leído todos los libros de tu autor favorito? Pásate por tu biblioteca y coge el primero que veas en la sección de recomendaciones, o un título que no te suene de nada; ¿Cansado de Marvel o DC? Pregúntale a tu librero sobre la sección de manga.

Porque una de las cosas que hacen tan mágica y bonita la ignorancia es que se acaba. A diferencia de la necedad, que consiste en perseverar en el desconocimiento y negarse a aprender y que es tan tristemente común en nuestra sociedad, el ignorante consciente se caracteriza por su búsqueda de conocimiento, por dejar de ser ignorante al menos en una cuestión concreta. Decía Reiner Knizia que cuando jugamos, nuestra meta es ganar, pero lo importante no es ganar o perder sino la meta en sí, y por eso es tan importante, cuando sentimos que una materia no puede aportarnos ya más, buscar otra cosa que no sepamos (somos humanos, hay infinidad de cosas de las que no tenemos ni idea) y empezar el proceso de nuevo, porque si no corremos el peligro de convertirnos en el amargado que cree saberlo todo y solo se limita a juzgar a los demás.

No seamos esa persona. No nos sentemos en nuestro trono dorado a mofarnos de otros simplemente por no saber algo que nosotros tiempo atrás tampoco sabíamos. Cuando tu compañero de oficina te cuente que han probado en casa el Catán y les ha encantado, no le digas lo quemado que tienes ese juego; felicítale por haber entrado en un mundo tan lleno de opciones. Que tú lleves 30 años coleccionando tebeos de Spider-Man y tu prima solo haya visto No Way Home y haya salido flipada del cine no significa que tú seas mejor fan, sino que puedes prestarle «La última cacería de Kraven» y envidiarla porque va a experimentar lo que tú sentiste cuando lo leíste por primera vez. Dejemos de ser custodios de puertas sagradas y convirtámonos en guías aprovechando que ya sabemos que el camino vale la pena.

Orí.

 

5 Comments on Elogio de la ignorancia

  1. «Porque una de las cosas que hacen tan mágica y bonita la ignorancia es que se acaba. A diferencia de la necedad, que consiste en perseverar en el desconocimiento y negarse a aprender y que es tan tristemente común en nuestra sociedad, el ignorante consciente se caracteriza por su búsqueda de conocimiento, por dejar de ser ignorante al menos en una cuestión concreta.»

    https://eldadodejack.com/2022/01/09/elogio-de-la-ignorancia/

  2. CARLOS AVELLA PEÑA // enero 11, 2022 en 12:34 am // Responder

    Genial! Gracias…

  3. No puedo hacer otra cosa que quitarme el sombrero, es genial tu artículo. Yo también tengo mis primeros recuerdos de lector en un pequeñito pueblo del también caluroso Jaén leyendo todas las «siestas» en verano. Era de los pocos afortunados que usaba la biblioteca del colegio prácticamente a diario cuando la mayoría de mis compañeros ni sabía donde estaba. Un abrazo y gracias por estas reflexiones.

    • Cuánto le debemos a haber tenido la maravillosa oportunidad de aburrirnos.
      Muchas gracias por tu comentario.

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