El perseguido

Al llegar a casa, dejó caer el premio sobre el sofá, junto con la chaqueta, y se sirvió otro vaso de licor. Aún no estaba lo suficientemente borracho: seguía recordando cada párrafo, cada imagen de su novela, y ninguno de los galardones que pudieran concederle podría compensar aquello. El maestro del terror, el renovador del suspense lo habían llamado entre sonrisas y aplausos. Había asombrado a todos con su capacidad para retratar el miedo y la sensación de opresión, de inminente desgracia que impregnaba toda su obra. Cómo no iba a conseguirlo si aquel miedo era el suyo, si esa opresión era la que sentía desde aquella vez en que, enfrentado a la pantalla en blanco, pidió sin estar seguro de a quién un motivo, una inspiración que guiara sus dedos sobre el teclado. Aquella vez fue la primera vez que lo sintió tras él y supo que, si no lo conseguía encerrar en palabras, si no lo distraía con mundos y víctimas de ficción, caería sobre él. Llorando, apuró el vaso de un trago y corrió al ordenador. Ya quedaba poco para medianoche y su creación exigía un nuevo sacrificio.

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