Al final todo son prisas

—¡A la izquierda, imbécil! ¡Se ha vuelto a pasar la salida al tanatorio!

—Oiga, un respeto, que paro aquí mismo el taxi y se baja usted, ¿eh?

—Perdone —empezó a recular, antes de arrepentirse y matizar—, pero es que no hace usted más que dar vueltas y al final voy a llegar tarde, que menudo papelón como empiece a pasarse la gente y no esté yo.

El taxista echó una mirada al retrovisor. Su pasajero llevaba la ropa que uno esperaría, el traje oscuro y el pelo repeinado hacia atrás, pero estaba claro que la noche había dejado su huella: el cuello de la camisa estaba arrugado, la chaqueta tenía varias manchas de líquido y la gomina empezaba a fallar, dejando escapar algún mechón rebelde que otro. Por no hablar de la peste a alcoholazo, claro.

—A lo mejor tendríamos que habernos ido a la cama un poco antes para salir con más tiempo —se aventuró a reprochar. No estaba bien hablarle así a un cliente, pero había empezado él.

—Ya, pero póngase en mi lugar: ¿qué habría hecho usted? Esta noche me tocaba darme el último homenaje, después de tantos años al pie del cañón, sacrificándome por los demás: esta me la merecía.

—Y ahora a correr, claro —vale, quizá esté empezando a excederme, pensó, pero es que la tentación de un «te lo dije» es algo difícil de resistir.

—Bueno, qué le hacemos —se encogió de hombros—, ya descansaré luego, supongo, que con estas cosas uno no puede estar seguro. Y, ¿sabe una cosa? Aparte del obvio asunto del compromiso, que hay que estar, eso no lo niego yo ni lo niega nadie, tengo que confesarle algo, entre usted y yo: en el fondo me hace hasta ilusión. Tengo curiosidad, cuando esté todo el mundo reunido a mi alrededor, en ese momento tan solemne en el que empiecen a bajarme en el ataúd, por saber cuántos de ellos lloran de verdad por mí.

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