Retirarse a Fantasia

El mundo es una mierda.

Podemos dar rodeos, podemos intentar ignorarlo, aprovecharnos de ello por aquello de la crisis y la oportunidad de no sé qué refrán chino, e incluso podemos estar diametralmente en contra a la hora de analizar los motivos y los modos por lo que es así, pero el mundo dista muchísimo de estar bien. No solo eso, sino que pasamos tanto tiempo intentando echarle la culpa de ello a alguien que, en lugar de resolver el problema, lo agravamos aún más porque, como Stephen Candie, nosotros para qué queremos un caballo; lo que queremos es que el de al lado no lo tenga.

En un mundo en el que asumimos que tratar a los demás con respeto es una muestra de debilidad o de algún oscuro interés económico, en el que aplaudimos el insulto y la zancadilla y despreciamos la mano que se tiende para ayudar, en el que los rostros de los villanos se escogen como avatar en redes sociales, en el que no mostrar suficiente odio por el enemigo designado o discrepar en una coma de las palabras del líder se toman como traición y disidencia, parece que siempre estamos obligados a hacer algo, a decir algo, a mostrar nuestra indignación y señalar con el dedo para evitar que otro dedo nos señale a nosotros. Y así lo hacemos todo aún más terrible.

Goya es una de mis muchas pequeñas obsesiones: si Velázquez fue un genio por conseguir pintar el aire, Goya lo fue por hacer lo mismo con el alma, tanto individual como colectiva, y más de una vez lo hizo por azar. El Duelo a garrotazos, una de sus pinturas negras más famosas y características, nos muestra una imagen difícil de no interpretar como el mayor problema no ya de España, sino de la humanidad: dos campesinos se enfrentan dispuestos a partirse el cráneo mientras el barro los cubre hasta las rodillas y amenaza con tragárselos. Desde hace tiempo se apunta a que ese barro no lo pintó Goya, sino que es un efecto del método que se utilizó para despegar los frescos de la Quinta del Sordo (que, por cierto, tampoco se llama así porque Goya fuera sordo, sino porque lo fue su anterior propietario): esos campesinos, en realidad, estarían luchando sobre un terreno llano de hierba. No sé si me inquieta más la idea de que estuvieran hundiéndose o de que, pudiendo cualquiera de ellos irse de allí en cualquier momento, escogieran la rabia.

Frente a ese odio que se nos está enquistando cada vez más, ese buscar no el bien común, sino el mal ajeno como consuelo, ese haber caído en la trampa de los malos, de haber perdido nuestra mayor arma que era el ser más a base de crear más y más bandos entre los que pelearnos mientras nos roban el pan y el futuro, no queda otra salida racional que declarar la bondad punk: los buenos modales como rebeldía, la sonrisa y la ayuda al desconocido como corte de mangas a los que nos querrían peleados, sacudirnos ese barro que en realidad nunca ha existido y, pisando la hierba, dejar el garrote en el suelo y sentarnos a leer, a jugar, a contarnos historias.

En esta lucha el papel de la ficción y de lo lúdico en general es fundamental: porque cuando la trinchera nos sigue allá donde pisamos, el único lugar al que podemos retirarnos está en nuestra propia mente y esa serie, ese tebeo, ese libro o esa partida nos tienen que hacer recordar el sabor de las fresas y el arrullo del agua. Porque, si no recordamos qué es lo que queremos recuperar, lo hemos perdido para siempre.

Por eso Zack Snyder nunca supo comprender a Superman, el valor que tiene como icono: pretender hacer un Superman «creíble» y decidir que lo que te cuesta aceptar no es Krypton, la superfuerza, el vuelo ni la mirada láser, sino la bondad es una de las cosas más tristes que le pueden pasar a un ser humano. Y cuando el mundo real es terrible, cuando me refugio en la ficción para recuperar fuerzas, lo que necesito no es mímesis sino catarsis. No me recuerdes de dónde vengo; muéstrame dónde quiero ir.

No se es más cobarde por necesitar un descanso entre asalto y asalto, por refugiarnos unas horas en Hyrule, Faerûn o Catan. Porque, mientras nos esforzamos por volver a hacer la Tierra habitable, siempre nos viene bien tener un modelo en el que fijarnos. Retirémonos a Fantasia cuando nos haga falta, porque la lucha es dura, va a llevarnos mucho tiempo, y no podemos permitirnos desfallecer ni perdernos por el camino.

1 Comment on Retirarse a Fantasia

  1. Confieso que no hace muchos años estuve en el Museo del Prado viendo la pintura de Goya y me pasé un buen rato contemplándola. Es más pequeña de lo que te imaginas cuando la ves en el mundo real. Y sí, ejemplifica mucho de lo que es el ser humano.

    Yo siempre he llevado a honra que me llamen «buenista». Aunque sé que hay gente asquerosa en el mundo, pienso que todo el mundo tiene un sentido innato de la cooperación y que solo se ven abocados a pensar y actuar de forma egoísta cuando le llevan a ello la pobreza y las privaciones. Puede que esté equivocado y que el hombre sea un lobo para el hombre, pero sinceramente, prefiero pensar así que ser un orgulloso «malista». No entiendo que la gente lleve a gala ser cínico y pensar que es mejor pisar las cabezas de los demás antes de que pisen la tuya.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El dado de Jack

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo