Oppenheimer ha sido la película ganadora de la edición de este año de los Oscar. Y ha sido una victoria muy celebrada, porque por fin se vuelve a premiar el cine de verdad, el serio, el que trata cosas muy graves y no tiene espacio para la sonrisa ni, mucho menos, para la carcajada. Que ya era hora de acabar con tanto divertirse sin permiso.
La última película de Nolan nos cuenta la historia de un señor muy listo y muy serio y de cómo otro señor algo menos listo pero bastante más enfadado no puede soportar que lo dejen en evidencia y se venga de la peor manera posible: haciendo a su víctima escuchar a más señores serios hablando. No, ya en serio: a pesar que que Nolan no es precisamente mi director favorito, y de que abraza por completo el género de gente hablando del que renegaba Hitchcock, la película está bastante bien: alternando tres líneas temporales distintas, nos cuenta la historia de dos personajes a los que tocó ser figuras clave en momentos clave, con todos sus claros y oscuros y sin intentar en ningún momento hacernos empatizar con ninguna de las dos. Me la esperaba mucho peor, y quizá por eso he acabado contento.
Pero yo es que soy de Barbie.
Barbie es una gamberrada color rosa chicle, completamente consciente de lo absurda que resulta la idea de hacer una película sobre una muñeca y que no tiene miedo a romper la cuarta, quinta y sexta pared si hace falta, de sacudir en la coctelera el humor más bobo y las reflexiones más necesarias, de plantar un número musical a cuento de nada porque no vamos a desaprovechar la oportunidad de poner aquí un número musical y de que le den a la narrativa convencional que bastante daño ha hecho ya. Si hay algo que Barbie no es, es seria. Y por eso no tenía nada que hacer en un mundo en el que confundimos ser adultos con ser aburridos. Pero, ¿por qué tiene que ser así?
Como adulto, reivindico el derecho a decidir por mí mismo qué significa ser adulto. Y ser adulto para mí, a veces, implica ser un poco bobo, reírme de tonterías, tomar helado para cenar o, por qué no, jugar con muñequitos.
Porque es tal nuestra obsesión con ser adultos como debe ser que, incluso, nos empeñamos en querer jugar como adultos: no, yo no soy uno de esos pringados víctimas del síndrome de Peter Pan, yo juego a cosas serias, a calcular acciones y puntos de victoria, a pretender ser un magnate o un señor feudal. Y por supuesto que no hay nada de malo en jugar y disfrutar un Agricola o un Castillos de Borgoña si eso es lo que te apetece, y no dejes que nadie, ni siquiera mi cara de horror al ver un juego de Stefan Feld desplegado sobre la mesa, te diga cómo tienes que divertirte, siempre y cuando la decisión sea realmente tuya.
Estos meses estoy volviendo a querer encontrar el tiempo para jugar a juegos de mesa con más frecuencia tras un tiempo en el que, sinceramente, había acabado un poco quemado, abrumado por situaciones internas y externas. Eso sí, necesito sentir que no me estoy entreteniendo, sino que es tiempo realmente aprovechado, y para mí eso significa hacer que la experiencia merezca la pena. En un principio esto se traduce en que tengo muchas más ganas de tomar parte en carreras de robots, viajes espaciales en naves construidas a partir de chatarra o incursiones vikingas mientras el suelo explota bajo mis pies que en construir el castillo que más impresione al rey o hacer lo que sea que hace uno en un juego de esos de mover cubos por registros y sumar puntos, a no ser que eso sea precisamente lo que me muera de ganas por hacer en ese momento y, en cualquier caso, suelo estar en la mesa a la que le dicen eso de «bajad un poco el volumen, que estamos intentando pensar». Porque si ser adulto significa reconocer que el mundo se hace pedazos a nuestro alrededor sin que podamos hacer nada por evitarlo, ver que cada vez nos queremos menos y nos enfadamos más, mirar al abismo tantas veces ya que el abismo no solo te devuelve la mirada sino que te saluda por tu nombre; si no queda más remedio que asumir las injusticias y dejar de creer en la magia; si todo lo que tenemos es una chispa entre dos eternidades de nada; entonces, solo me queda una seguridad absoluta:
Aquí hemos venido a jugar.

