Icono del sitio El dado de Jack

La fama

Jugaba con la cuchara en el plato sin probar bocado, pensando, como siempre. Cada vez que se levantaba de la cama, que se vestía, siempre que salía de casa se preguntaba, sin poder evitarlo, cuánta gente estaría haciendo lo mismo en ese preciso momento, y cuánta lo habría hecho ya hace cien, doscientos, mil años. Toda esa gente, todas esas vidas que pasaban y eran olvidadas. Y, sin embargo, sabía que en cada una de ellas había algo especial, algo que merecía ser recordado. Ese pensamiento lo obsesionaba. No pasaba un minuto sin que maldijera la mortalidad y el olvido, un segundo en que no lo diera todo por perdurar, por dejar algo a los que vinieran después que él.

Se levantó de la mesa y subió a su cuarto, ante la mirada triste y resignada de su sobrina, y allí se encerró con sus libros. Qué crueldad la de aquellos escritores, qué salvajismo en retratar siempre personajes irreales, seres que, aun sin haber existido jamás, vivían en la memoria de los lectores de siglos posteriores mientras que la gente de verdad, aquellos que habían trabajado, sufrido y amado realmente, se había esfumado. Ya no quedaba ni el polvo del labrador que sembró el primero de los olivos que llevaban un plato caliente a las mesas de gran parte del pueblo, pero todo el mundo recordaba a un Amadís que jamás fue carne.

A él no le pasaría lo mismo, no. Él no estaba dispuesto a morir y perderse, se negaba a aceptar ese destino del que se podía escapar sin siquiera vivir. Mucho había pensado en cuánto estaría dispuesto a sacrificar por aquel poder, y ya tenía la respuesta. La única solución era sacrificarse a sí mismo. Dejar de ser él, abandonar el mundo real y convertirse no en una persona, sino en un personaje, un ser ficticio como los héroes y villanos inmortales de los libros, vivir en el papel y la memoria para siempre.

Con una sonrisa de resolución, Alonso limpió de orín las viejas armas, las vistió y salió caballero en su rocín, preparado para la eternidad.

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