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Espacios seguros, mixtos y libres de humos

Antes de empezar, aviso: esta entrada no habla de los diez mejores juegos del año pasado ni de los próximos lanzamientos que más ilusión me hacen sino de cómo ser un ser humano más o menos decente. Si esta meta no se encuentra entre tus aspiraciones, o si ya eres un ser de luz de moral intachable, a lo mejor no consideras que necesites leer más. O quizás sí, quién sabe. Aunque sólo sea para luego poder decir lo equivocado que estoy, que eso siempre da calorcito.

Todo viene a raíz de una cadena de hechos de la que he sido testigo y en la que quizá haya participado más de lo que hubiera querido. Empieza con algo en un principio nada inhabitual: un mensaje de presentación en un foro de juegos de mesa de alguien en busca de un grupo de juego. Bien, ¿no? Pues se ve que no. Porque quien escribió el mensaje cometió dos graves pecados: primeramente, ser mujer, que ya es ofensa más que suficiente para muchos; pero es que, no contenta con eso, a la muy inconsciente le dio por decir que prefería jugar con mujeres o LGTB-friendly y claro, ardió Troya. Porque a ver, tú eres un hombre cishetero más majo que las pesetas, que nunca te has metido con nadie y de repente, ¡zas!, te dicen que no quieren jugar contigo. Y sentirte discriminado por tu identidad sexual no mola nada, ¿a que no?

Después de todo, si publican juegos sólo para chicas…

Bueno, una vez que todos hemos visto la ironía de la situación, vamos al tema. ¿Son necesarios estos «espacios seguros»? ¿Son una provocación? ¿Una generalización injusta? ¿Un mecanismo de defensa? Pues un poco de todo, y alguna cosa más. Me explico.

Un espacio seguro es, para que nos entendamos, un lugar o grupo en el que uno puede expresarse, relajarse o dar rienda suelta a alguna faceta de sí mismo sin temor a represalias. Como el bar de Moe lo es para Homer, vaya. Es algo que todos necesitamos, ese lugar en el que podemos ser nosotros mismos sin que nadie nos juzgue y desconectar de las presiones externas. Lo que ocurre es que encontrar estos espacios seguros es más fácil para algunos que para otros, y cuanto más nos distanciamos de la norma de la mayoría, más difícil nos va a resultar.

Si miro hacia atrás, puedo recordar muy claramente mis espacios seguros. Mi habitación rodeado de libros cuando era un niño gafotas que se sentía totalmente fuera de lugar en el colegio; Alfil Juegos (luego Otium Center) cuando era un adolescente gafotas al que los tebeos y los juegos le decían mucho más que los deportes y el calimocho; mis compañeras de la universidad cuando era un veinteañero gafotas todo lo contrario a lo que se suponía que tenía que ser un macho alfa…, y recuerdo también los efectos, nada agradables, de no tener o perder uno de esos espacios seguros, y no creo que «todo el mundo debería tener un lugar o grupo de gente donde sentirse completamente a gusto» sea una afirmación a la que nadie pueda poner ningún tipo de pega.

El problema está, creo yo, en que es una necesidad fácil de comprender, pero difícil de verbalizar, sobre todo cuando te ves diciéndole a alguien, directa o indirectamente, «si estás tú, yo no puedo sentirme completamente a gusto», porque suena a «te considero mala gente» aunque no sea eso lo que se pretenda decir, porque lo que para alguien constituye un lugar seguro puede muy bien no serlo para otra persona. Tiene mucho más que ver con los motivos por los que adoras a tus padres pero te aterra que te agreguen en Facebook: simplemente hay cosas que no vas a decir, chistes que no vas a contar o fotos que no vas a publicar si sabes que van a poder ver ellos, y de repente te sientes cohibido. No se trata de tener a nadie entre algodones, y no formar parte del lugar seguro de una persona no quiere decir que esa persona no quiera tener ningún tipo de trato contigo, simplemente es cuestión de darle a todo el mundo la oportunidad de tener un lugar para desconectar y que cada uno se junte para jugar, hablar o lo que sea con quien le dé la gana, que ya tendremos tiempo y ocasión de conocernos y socializar todos en otro momento y lugar.

¡Pues montaré mi propio grupo de juego! ¡Con casinos! ¡Y furcias!

Entiendo que no puede uno evitar que escueza un poquito. Yo también he crecido con la narrativa de «el chico majo al final consigue a la chica», de Mario salvando a la princesa y el «no significa sí» y me he dado de bruces con que todo eso que estuvieron años diciéndonos que era lo que había que hacer, lo que era el modo en el que un caballero tenía que portarse, pues va y resulta que ahora es malo. O que siempre ha sido malo pero no nos lo habían dicho hasta ahora, que para el caso es muy parecido, y eso genera confusión porque resulta que te has convertido en el villano de la película sin quererlo. Pero en nuestra mano está enrocarnos y negarnos a aceptar que las cosas cambian y que, si lo consideramos todo en su conjunto, resulta que el cambio nos beneficia a todos, o intentar sacudirnos poquito a poco el olor a cerrado y reaprender que lo que antes se llamaba ser un hombre blandengue ahora es ni más ni menos que ser una persona decente, y que ganamos mucho más de lo que perdemos con el cambio. Que estamos en un periodo de transición en el que también habrá quien se pase de frenada y prefiera señalar con el dedete y gritar «zasca, jaque mate machirulo», que es mucho más fácil y consigue más aplausos que sentarse a hablar tranquilamente, y que siempre habrá quienes prefieran definirse como antialgo que como proalgo, pero no lo hacemos por ellos, sino por nosotros mismos.

¿Llegará un día en el que nadie se sienta cohibido por estar en compañía de gente de otra identidad sexual? Confío en que sí pero, mientras tanto, no creo que sea mucho pedir, una vez más, dejar a los chavales que caminen como ellos camelen, aunque camelen caminar en un cuartito aparte de vez en cuando.

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