Karsten Hartwig, 1999 – alea
3-5 jugadores, 60 minutos
Como me han llamado influencer y dicen que hay quienes publican juegos porque hablo bien de ellos, voy a aprovechar y contaros un poquito acerca de uno de los mejores juegos de negociación pura que hay en el mercado, y que lleva desde el 99 sin una edición en español. Que ya vale de que nos cuelen cosas como Wake up, Cthulhu! y luego estas joyas haya que comprarlas aprovechando viajes a Londres.
Chinatown es un eurogame de cuando esa palabra significaba «juego basado en mecánicas» en lugar de «puzle de optimización», y en este caso las mecánicas con comerles la oreja a tus rivales como un auténtico hijo de perra. En él nos metemos en el papel de hombres de negocios chinos que quieren emprender a lo bestia en un barrio chino emergente (según las reglas, el de Nueva York en los años 60), pero básicamente la cosa va de conseguir losetas y colocarlas en el tablero formando grupos.
Durante cada una de las seis rondas que dura el juego los jugadores van a seguir siempre los mismos pasos: roban títulos de propiedad sobre distintas casillas del tablero, luego roban losetas de negocio, después tiene lugar una fase de negociación y por último se colocan losetas sobre las casillas propias y se cobra según el tamaño de los negocios (es decir, el número de losetas iguales juntas que controles). Al final de la partida, sorprendentemente, el que tenga más dinero es el ganador.
Unos verán un cartón de bingo maqueado. Otros, un mundo de oportunidades.
Lo que hace de Chinatown un juego único es lo abierto de la fase de negociación: aquí no hay turnos ni reglas ni equivalencias: puedes cambiar losetas por propiedades, vender o comprar lo que quieras sin necesidad de intercambiar nada, hacer tratos 2×1 o incluso negocios a tres bandas. Puedes intentar sacar el dinero a base de vender todo lo que consigas a precios altos, intentar devaluar las propiedades de tus rivales ofreciendo las tuyas por menos o echar mano de la simple y llana amenaza, en plan «si no me vendes esa esquina, construyo alrededor y no te va a valer ni para poner un kiosko», que siempre está muy bonito y sirve para afianzar amistades.
Lo bueno de todo esto es que el éxito en Chinatown depende casi exclusivamente de tu habilidad a la hora de negociar, de ver qué es lo que quieren los demás, qué valor le ponen y cuál es su valor potencial y jugar con ello. No te van a sorprender con ninguna regla escondida ni ninguna combinación inesperada, ya que está todo a la vista de todo el mundo. Como pasa con los grandes juegos, no se trata de hacer muchas cosas, sino de que lo poco que hagas lo hagas bien.
Hay un par de detallitos, eso sí, que hay que tener en cuenta a la hora de ponerse a jugar. Primero, sobre todo si estás explicando el juego a gente nueva, asegúrate de que todo el mundo comprende, al menos, cuánto puedes esperar cobrar al final del turno por un grupo de negocios y cuántos turnos tiene el juego, para evitar algún caso en el que un trato demasiado descompensado decida la partida (un poco como cuando alguien coge el capataz en Puerto Rico cuando no debería, pero menos salvaje). Segundo, si sabes o sospechas que alguno de los jugadores puede tener el síndrome del buscador de piedra de Catán que consiste en pensar «vaya, nadie ha aceptado el trato que proponía. Voy a repetirlo sin cambiarle una sola coma veinte veces a ver si es que no me han oído bien», conviene poner un tiempo límite a la ronda de negociaciones. Cinco minutos es perfecto y suele ser más de lo que se tarda, pero más vale prevenir que curar.
Por último: si no te gustan las negociaciones, este juego no te va a gustar, y punto. Que no pasa nada y habrá que quererte igual, pero Chinatown es negociación pura y destilada, y no vas a tener ninguna otra faceta a la que agarrarte, así que no digas que no te he avisado. Pero si alguna vez en tu vida te has divertido aunque sea cambiando cromos en el patio del cole, no vas a encontrar mejor cambalacheo que éste.
Te gustará si: alguna vez has querido venderle el puente de Brooklyn a un pardillo.
Lo odiarás si: piensas que hablar con otros seres humanos debería estar prohibido.
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