Vivimos en un mundo cada vez más friki: hoy en día nadie se va a asombrar si hablando en el trabajo de lo que hicisteis el fin de semana alguien cuenta que estuvo jugando a Catán o viendo una maratón de Juego de Tronos por la tele; las últimas películas basadas en superhéroes han tenido un exitazo impresionante y en Navidades se agotaban los muñequitos de Star Wars que era gloria de ver. Y, sin embargo, lo que aún no parece salir del gueto es el mundillo de los juegos de rol. ¿Es un problema de relaciones públicas, que estos juegos no se han sabido vender tan bien como otras aficiones relacionadas o simplemente que sí, que son cosa de tíos raros y punto?
«Y entonces saco mi manual de Pathfinder, le digo que se haga un personaje, y va la tía y sale corriendo. No hay quien entienda a las mujeres».
Quizá sea un poco cuestión de profecía autosatisfecha, o parte de la propia naturaleza de estos juegos que, para empezar, requieren un nivel de compromiso por parte de sus participantes mucho más duro que el de un juego de mesa o un videojuego, al menos en principio: si bien cualquiera puede sentar a su primo a jugar a Carcassonne con una explicación de cinco minutos y en menos de una hora ese primo ya es libre de levantarse e ir donde quiera, no es nada raro en un grupo rolero que toda una tarde se dedique sólo a rellenar las hojas de personaje y que ese mismo grupo esté meses o incluso años quedando para jugar la misma campaña. Y a tu primo a lo mejor lo convences para que pruebe un juego una horita, pero tirarse un año matando orcos ya es otra cosa. Por otro lado, una vez reúnes grupo para jugar una campaña tampoco es que necesites convencer a nadie más, así que para qué esforzarse.
Otro posible problema es el halo de secretismo y misticismo que aún hoy rodea a muchos juegos de rol. Basta ir al párrafo de «¿Qué es un juego de rol?» de casi cualquier manual para encontrarse con discursos grandilocuentes que poco o nada tienen que ver con la realidad, y buena parte de ellos tienen que ver con la manía de intentar inculcar a los demás nuestra idea acerca de qué es exactamente eso de jugar bien. Y sería tan simple como decir que en un juego de rol se cuenta una historia en la que el máster (o nombre rimbombante al uso, tipo Gran Custodio Oscuro o similar) describe las situaciones y la trama mientras que cada uno de los demás jugadores describe a su vez las acciones y palabras de uno de sus personajes principales. Pero no, tenemos que hacerlo parecer súper complicado y mazo de profundo, no vaya a ser que se nos cuelen plebeyos en el mundillo.
Un D20 para gobernarlos a todos. Un D20 para encontrarlos. Un D20 para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas.
Tampoco voy a cometer el error de decir que los juegos de rol están abocados a desaparecer por estas cuestiones. Llevan siendo así desde que Gary Gygax y Dave Arneson se reunían en el sótano a jugar con muñequitos, y no sólo no han desaparecido sino que, al menos en España, gozan de una salud editorial impecable. Y claro, diréis, si resulta que por mucho rollo místico chungo que se marquen y mucha barrera de entrada que se le ponga al hobby luego se siguen publicando cosas y sacando suplementos y proyectos de mecenazgo, ¿para qué cambiar?
Y, ¿sabéis qué? Creo que tendríais razón. Creo que los juegos y los jugadores de rol están muy a gusto en su gueto con paredes pintadas y a lo mejor es que tampoco les interesa salir de ahí, porque a veces el valor de lo que uno hace puede estar en su carácter minoritario. Por mucho que a mí me dé rabia no ver a más gente jugando a Fiasco y montándose sus películas de las que seguir hablando meses después, o por más que quisiera que un chaval pudiera ir en el autobús leyendo un manual de Aventuras en la Marca del Este sin que lo miren raro, tengo la impresión de que en realidad no hay un interés por dar ese paso. Quizá hayan visto la luz y hayan decidido que se está más cómodo en su mundo de tinieblas. Pero aun así os recomiendo que, la próxima vez que vayáis a vuestra tienda de confianza a comprar el último mapa para ¡Aventureros al Tren! le echéis un vistazo a la estantería esa que hay al lado llena de libros raros y os llevéis alguno a casa, que puede que encontréis algo que os guste.

