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Reseña: Die Burgen von Burgund

Stefan Feld, 2011 – Alea / Ravensburger

Die Burgen von Burgund (traducido no oficialmente como Castillos de Borgoña) es, si bien no el más duro de los juegos de Stefan Feld, sí el que más aficionados tiene, y el máximo exponente del género conocido como ensalada de puntos, tanto para lo bueno como para lo malo. Es un juego que ocupa un puesto bastante alto en casi cualquier clasificación, y un clásico cada vez que alguien busca una recomendación para un juego de escuela alemana ligero que poder jugar con dos jugadores. Esa es una de las razones por las que escribo esta reseña.

La otra razón es que no soporto este juego. Si bien entiendo todas las reseñas que andan por ahí y los argumentos, incluso los principios teóricos por los cuales el juego funciona y tiene éxito entre un público muy variado, cuando me siento a jugarlo esos mismos principios se me presentan tan descaradamente que no puedo evitar sentirme como el que ve un número de magia magistralmente ejecutado pero del que conoce el truco: sí, queda muy bonito y cuando ves las caras del resto del público las comprendes, incluso te gustaría participar de ellas, ser también sorprendido, pero es que la paloma está en el fondo falso de la chistera y lo único que te preocupa es si el pobre bicho estará cómodo o tendrá un ala apretujada.

Al abrir la caja llega el primer jarro de agua fría: tienes un montón de hexágonos de cartulina finita en colores apagados y tristones, unos tableros también bastante delgadetes, cuatro fichas de madera para llevar puntuaciones y un par de dados por jugador. Todos los componentes parecen estar diciendo «hey, esto es un juego serio para gente seria y respetable; nada de colorines ni de ilustraciones atractivas de esas que le gustan a la plebe» y te hace pensar si no será así de feo adrede, para dar la impresión de ser un juego mucho más profundo de lo que es.

Durante una partida a Die Burgen von Burgund repites una y otra vez los siguientes pasos: tiras dos dados, usas esos dados para comprar fichas de un tablero central, colocar fichas en tu tablero personal, embarcar mercancías o conseguir otro tipo de fichas que te servirá para modificar los dados la próxima vez que los tires. Una vez hayas hecho eso, recibes puntos. Consigues puntos por colocar fichas en tu tablero, por rellenar zonas, por conseguir fichas de un tipo concreto, por embarcar mercancías… Consigues puntos por tantas cosas que, al final, esos puntos pierden todo sentido, un poco como con algunos videojuegos que se empeñan en darte logros y medallitas por los actos más triviales: «¡enhorabuena, has dado tu primer paso!» «¡enhorabuena, has vencido a tu primer enemigo!», «¡enhorabuena, has mirado la pantalla!» «¡enhorabuena, has perdido!», y al final lo único que quieres es encontrar el modo de deshabilitar esas notificaciones. Consigues más puntos en un turno de Die Burgen von Burgund que en muchos juegos durante toda la partida, y eso acaba por hacer que deje de resultar emocionante y puede afectar a tu propia motivación para jugar, como el niño al que das un caramelo cuando recoge su habitación y te parece una idea maravillosa hasta que el crío acaba por no mover un dedo si no es a cambio de caramelos.

Otro de mis problemas con este juego es lo increíblemente repetitivo que se me hace. Tiro dados, compro losetas, paso turno. Tiro dados, compro losetas, paso turno. El nivel de decisiones tiene dos posiciones: la «me da igual qué hacer, así que los propios dados me dicen qué acciones tomar» o «esta ficha es la óptima para maximizar puntos este turno, así que saque lo que saque en los dados los modifico para conseguirla y ya está», y todo ello sin el menor sentimiento de progreso ya que, aparte de rellenar los huecos de tu tablero personal, no estás consiguiendo nada. Cuando coges una ficha marrón no es porque creas que a tu reino le falta un herrero, una granja o a saber qué, sino simplemente porque tienes un hueco en el 5 marrón de tu tablero y has sacado un 5 en el segundo dado.

Pero entonces, ¿por qué tiene tanto éxito? ¿Está la población jugona mundial compuesta por masas sin cerebro que consumen sin pensar el qué? En absoluto. Die Burgen von Burgund es un juego perfectamente diseñado para resultar muy agradable y entretenido: pasas una hora tirando dados, tomado decisiones no demasiado complejas (incluso puedes, si te apetece, no tomar decisiones en algunos turnos y dejar que los dados hagan su trabajo) y siendo recompensado por ellas, tienes metas a corto y largo plazo en cuanto a qué colores quieres rellenar antes o qué fichas de puntuación vas a comprar y, al final de la partida, no hay ningún momento en el que te hayas sentido agobiado o hayas sentido que estabas tomando decisiones erróneas.

Por desgracia, cuando yo me siento a jugar busco lo contrario: busco frustrarme, enfadarme, sentirme agobiado y, al levantarme, tener una historia que contar. Die Burgen von Burgund es demasiado limpio, demasiado higiénico, un juego profiláctico tan preocupado en ser siempre correcto, educado y pulcro en sus formas que se ha olvidado del fondo. Si buscas un juego que nunca vaya a hacerte levantarte de la mesa enfadado y no te importa que, a cambio, nunca te vaya a provocar una carcajada, en esta caja vas a encontrar exactamente lo que buscas. Si quieres emoción, riesgo y llevarte recuerdos que comentar después de haber guardado el juego de nuevo en la caja, mira hacia otro lado.

Lo mejor: un mecanismo de relojería que funciona a la perfección.

Lo peor: funciona tan bien que, una vez terminada la partida, te olvidas de ella por completo.

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