Anuncios

En mi casa jugamos así

No hace mucho que terminó la última campaña de Kickstarter de CMON, la segunda edición de su celebérrimo Zombicide. Y como soy bastante fan de ese juego, como versión de tablero de un shoot’em up de los que jugaba de pequeñajo en la consola, me metí a ver de qué iba el asunto, y me puse a leer el reglamento, por si los cambios eran los suficientes como para justificar sacar a pasear la tarjeta. Y lo que me encontré fue que buena parte de esos cambios eran cosas que ya hacía yo en mis partidas.

Otra cosa parecida nos pasó hace bastantes años, cuando les dábamos a muerte a Zombies!!! y HeroQuest, que íbamos adaptando las reglas a nuestros gustos y al final aquello a lo que jugábamos era sólo vagamente reconocible como el juego original. Y no cambio una de las noches que pasamos haciendo congas zombi o lanzando fuegos de ira por nada.

Y en un principio no creo que nadie pueda decirme nada, que al fin y al cabo cada uno en su mesa hace lo que le da la gana, pero por otro lado esta acumulación de añadidos nos puede hacer pensar en los calcetines de Locke: ¿estamos jugando a Zombies!!! si cambiamos el dado de movimiento por un valor fijo? ¿Y si lo jugamos cooperativo? ¿Y si damos habilidades especiales a los jugadores? ¿Y si cambiamos los zombis por tiránidos? ¿Puedo decir que un juego me gusta mucho si no utilizo las reglas tal cual están escritas? ¿Hasta qué punto lo puedo recomendar? Y, sobre todo, ¿en qué momento está justificado utilizar reglas caseras?

Friki medio arreglando el diseño de un juego creado por un profesional.

Me explico en este último punto, que tiene bastante que ver con el tema de la rejugabilidad y el ritmo de novedades y juicios de valor que es tan central en el mundillo de los juegos de mesa últimamente. Que echas una partida con las reglas leídas por encima y ya el juego está roto, a Wallapop directo y a comprar otro; cosas como la muy común queja respecto a Orléans de «es que hacen falta pantallas para que la gente no se copie en la fase de preparación», cuando el reglamento deja bastante claro que esa fase se puede hacer simultánea pero, en caso de querer jugar a cara de perro, hay un sistema basado en el orden de turno, pero que a quien haya jugado una vez montándose un castillo con cajas para que no vean lo que pone ya no lo sacas de ahí. O las cuestiones respecto al final de partida en Mythotopia, un gran juego de conquistas con construcción de mazos que se vende por cuatro perras porque nadie quiere ya jugarlo después de haber leído en dos foros que es un juego interminable, incluso después de que se publicaran opciones para evitar que surgiera ese problema.

Y a veces ni siquiera tenemos nosotros la culpa de estas situaciones de caos, sino que son los propios diseñadores los que parece que no estaban muy seguros de cuál era la manera óptima de jugar a su juego y plagan el reglamento de reglas opcionales, alternativas o módulos. Jugar a la tercera edición de Twilight Imperium requería de un formulario previo para escoger y fijar las reglas que se iban a usar, del mismo modo que antes de cada partida a Battlestar Galactica ya tenemos que ver si metemos Pegasus, si hay líder Cylon o simpatizantes y siempre hay alguien que propone usar alguna de las variantes que nadie utiliza para ver por qué no las utiliza nadie; y ay de aquel que pretenda sacar a la mesa uno de esos megaproyectos salidos de Kickstarter con bien de metas adicionales, que yo la mitad de las cajas del Rising Sun las abrí, las miré y acumulando polvo que las tengo.

¿Nos echamos un Arkham Horror con todas las expansiones?

Por último, tenemos los casos extremos de juegos que ya forman parte de la cultura popular como Parchís, Monopoly, Risk o incluso en menor medida pero también Catan o Carcassonne, que te sientas a jugar tan tranquilo y pasado un rato empiezan los dramas: ¿qué es eso de poner el dinero en el aparcamiento gratuito? ¿Cuántas veces dices que puedes atacar en un turno? ¿Por qué me pones el ladrón a mí, si aún no he construido nada? ¿Cuánto dices que puntúa esa ciudad de dos losetas? Y claro, a veces ni siquiera una consulta a las reglas nos vale, porque no están disponibles o son una edición antigua o es que me lo compré en una tienda polaca que estaba tirado de precio. ¿Qué hacemos en ese caso? ¿Volcamos la mesa y sacamos el Munchkin?

Al final, es la misma pregunta que se hace respecto al arte, y es si la obra pertenece en última instancia al autor o al público y, si me preguntáis a mí, lo que digan George Lucas sobre Star Wars, J.K. Rowling sobre Harry Potter o Ridley Scott sobre Alien les puede valer a ellos, pero no necesariamente a mí, y si quiero jugar a Catan con dados de cuatro y ocho caras ya puede venir Klaus Teuber a gritarme, que en mi casa jugamos así.

 

Anuncios

1 Comment on En mi casa jugamos así

  1. Yo creo que este tema particularmente es una decisión de cada uno. Eso si, mientras todos los que vayan a jugar estén de acuerdo.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: