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Jugar los clásicos: ¿qué y por qué?

Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.

– Borges, Jorge Luis – «Sobre los clásicos» – Otras Inquisiciones (1952)

A la hora de disfrutar los juegos de mesa, hay tantas filosofías como jugadores. Tenemos a los que buscan la competición por encima de todo, a los que simplemente están interesados por el juego como lubricante social, quienes buscan utilidad o aprendizaje…, pero quizá dos de las corrientes de las que más se habla son la de la exploración de la novedad, la eterna búsqueda de ese algo distinto y la variedad de experiencias, tratar el mundo de los juegos de mesa como un desayuno de hotel en el que vamos a probar todo hasta saciarnos, evitando incluso cenar para probar ese queso de bola que no tomamos la mañana anterior; y, frente a ésta, las voces que claman continuamente por la profundización, el echarle partidas a los juegos que ya uno tiene, conoce y ama, servirnos otro cazo de ese puchero familiar en lugar de hacer cola ante el último restaurante exótico en abrir. Jugar novedades frente a rejugar los clásicos.

Pero claro, ¿qué es un clásico cuando hablamos de juegos de mesa? ¿Estamos hablando de olvidarnos de los juegos actuales y refugiarnos en las Damas o el Backgammon? ¿Es lícito llamar clásico a un juego de hace veinte, diez, cinco, dos años? En un área tan joven y a la vez tan antigua como la de los juegos es difícil establecer unos términos comunes, pero aun así no dejamos de intentarlo.

Lo primero, creo yo, es intentar fijar una periodización, una serie de etapas en el diseño de juegos de mesa. Y la primera de esas etapas, si me perdonáis el grosor de la brocha que voy a usar, abarcaría todo el periodo comprendido entre el Senet y el A Journey through Europe de John Jefferys, el primer juego comercial de autor conocido. A este periodo corresponden el Ajedrez, el Dominó y la gran mayoría de juegos de cartas tradicionales. Estos juegos tienen una entidad independiente del mercado actual, y como parte de la historia de la humanidad deberían ser, como mínimo, conocidos por cualquiera interesado no ya en los juegos de mesa, sino en el ser humano. Que ya está bien.

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Aprenderse las reglas del Senet para ver si lo están jugando bien como meta vital.

El segundo de estos grandes periodos (para el asunto que estamos tratando) sería el que va desde el segundo cuarto del s. XIX hasta mediados de los 90. En estos casi dos siglos se van forjando los orígenes de los juegos de mesa modernos, desde el Kriegsspiel a los diseños de Sid Sackson o Francis Tresham, pasando por la piedra angular que es The Landlord’s Game de Elizabeth Maggie. Y, si estamos interesados en los juegos de mesa desde un punto de vista académico, yo creo que deberíamos, si no jugar, al menos echarle un vistazo a los reglamentos de Little Wars, Diplomacy, Civilization o Acquire para entender de dónde vienen los principales géneros actuales y cuáles son los desafíos a los que se vienen enfrentando los diseñadores de juegos desde entonces, del mismo modo que un aficionado a la cerveza querría visitar al menos una vez en su vida la fábrica de Guiness, o que un cinéfilo haría bien en echarle un vistazo a Casablanca. Y luego ya dices que a ti lo que te gusta es Los Castillos de Borgoña, la Cruzcampo o Una rubia muy legal, pero al menos lo dirás con conocimiento de causa.

Y ahora llegamos a lo que para muchos es el origen del boom de los juegos de mesa modernos: la década de los 90. La publicación de Catán y de Magic: el encuentro crearon, cada uno por su lado, un espacio de mercado internacional para los juegos de mesa como alternativa de ocio real para un público cada vez más amplio, sin limitarse a un público infantil o al núcleo duro de frikis (algo anterior es la explosión de los juegos sociales como Trivial Pursuit o Pictionary). Y claro, aquí es más difícil determinar a qué juegos de este periodo tan reciente podemos llamar clásicos, pero precisamente es a juegos de esta época a los que aplicamos más a menudo este término.

Aquí tengo que decir que estoy con lo que decía Borges respecto a los libros: un clásico, más que por cuestión de su antigüedad o sus cualidades, es un juego que ha dejado huella en la comunidad y ha adquirido un cierto estatus. ¿Que una joya en el fango resulta que es muchísimo mejor que otro juego con más renombre? Pues puede ser, pero difícilmente podría catalogar a esa maravilla desconocida como clásica, ya que su relevancia y su influencia en obras posteriores no va a ser tanta. ¿Y a nosotros qué narices nos importa la relevancia de tal o cual obra si lo que queremos es simplemente pasar la tarde con los amigos y echarnos unas risas? Pues más de lo que podría parecer.

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Todo parecido con la realidad es pura mercadotecnia.

¿Recordáis cuando éramos críos y nos llevaban a merendar a una cadena de hamburgueserías? Que pedías el combo ese que venía en una cajita y traía un muñecote y estabas en la cima del mundo. Y tan rica que nos estaba esa hamburguesa, con bien de ketchup y quitándole todo lo verde. Ahora, en cambio, nos dicen de ir a celebrar el cumpleaños de un colega allí y torcemos el morro. ¿Y por qué? Pues porque ya hemos comido hamburguesas de verdad y cuando nos ponen esa alpargata recalentada no podemos evitar comparar.

Pues con los juegos, lo mismo. Cuando te sacan el último Kickstarter con unique mechanics o ves el vídeo de turno en el que la parejita megasimpática te dice lo bien que va la última novedad de la editorial amiga para todo tipo de situaciones, si ya vienes con los deberes hechos podrás ver más fácilmente cuando te estén intentando vender la moto. Que sí, que este juego de colocación de trabajadores es muy bonito, pero que yo ya tengo aquí Caylus y Agricola. Y ese juego con dibujos de niñas en bragas disparando pistolones, ¿no es al fin y al cabo un Dominion maqueado? ¿Duelo de hechiceros con cartas? Cuéntaselo a mi cubo de Magic. Y así, con la tontería, nos hemos ahorrado una buena pasta en purrela.

Pero no es simplemente una cuestión de ahorrarse una compra puntual: un público informado no sólo es más difícil de engañar, sino que es también más capaz de apreciar la calidad verdadera, de saber lo que quiere y de hacerse escuchar, y todo eso ayuda a que la oferta mejore, a que las editoriales vean que no vale simplemente con cambiar los dibujitos de las cartas y meter figuras más grandes, que queremos mejores juegos y que eso es lo que nos tienen que ofrecer si quieren tener éxito.

Sí, ya; pero dejadme soñar un poquito.

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5 Comments on Jugar los clásicos: ¿qué y por qué?

  1. Me quito el sombrero ante este artículo… ¡Toda la razón!

  2. Betote! Corrige el enlace de «¡Invítame a un café!».
    Gracias por el artículo.

  3. Hay que soñar, sí señor. Soñar alto y fuerte. Totalmente de acuerdo. Y no diré que no siento tentaciones de KS (esa gente no es tonta, y el marketing lo manejan), pero una cosa es caer en la tentación, y otra creértelo. Información, palabra clave en estos tiempos (para todo).
    Gracias por un artículo tan majo.

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