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Agra y la ergonomía

Michael Keller, 2017 – Quined Games

Portada Genérica que Parezca Vagamente Oriental nº 682345

Sabéis eso de “haz lo que digo y no lo que hago”, ¿verdad? Pues eso, que uno no para de quejarse del culto a la novedad y del hastío de tener que estar siempre buscando el último lanzamiento en lugar de disfrutar de lo que ya tiene y hale, a la que veo que empiezan a llegar cositas por aquí, pierdo el culo por hacerme con ellas. Diría en mi defensa que en Quined Games no suelen ser amigos de licencias, pero teniendo en cuenta que ya han dicho en Maldito que llegará en español, poco efecto iba a tener. Por si sois de los que no leen los títulos de las reseñas, estoy hablando de Agra.

Agra es la última criatura de Michael Keller, lo que es una muestra más de que compro sin conocimiento. Si me hubiera informado antes de soltar la panoja, habría caído en la cuenta de que estamos hablando del mismo señor que se curró La Granja junto a Andreas Odendhal, y éste ya era un juego que, viendo el talentazo necesario para perpetrarlo (y si me pidieran jugar a un euro de venga a mover cubito pacá cubito pallá y hacer puntos de mil maneras diferentes, sería una de mis elecciones), luego me da una pereza enorme de sacar a la mesa. No porque esté en contra de los juegos pesados (Food Chain Magnate, por ejemplo, tiene bastantes piezas en movimiento y está entre mis favoritos), sino porque cuando me meto en un juego complejo quiero una sensación de estar haciendo algo más que optimizar una máquina de sacar puntos de victoria. Sí, ya, para qué me meto.

No me digáis que no queda clarísimo lo que está pasando aquí.

Otra de las cosas que tiene Agra, y que es quizá su muro más importante, es que todo en torno a la producción de este juego parece pensado especialmente para quitarte las ganas de jugarlo. El tablero de Michael Menzel, nombre que a muchos les hará empezar a salivar, es uno de los peores tableros jamás diseñados para un juego. Casillas marcadas de manera regulera y organizadas aún peor, flechas que desaparecen porque aquí el señor ha pintado una muralla y si pones la flecha encima queda feo, unos iconos que parece que tengas que sacarte una carrera para entenderlos…, Decid lo que queráis de Klemens Franz, pero con él te sientas, miras el tablero y casi ya sabes jugar. Aquí te dan ganas de salir corriendo.

No es el tablero, de todos modos, su único problema. El reglamento es de esos que tienes que leer enteritos varias veces para conseguir enterarte de algo, y hay detalles fundamentales explicados de pasada o con ejemplos confusos. Y la joya de la corona, el tablero troquelado que tanto llama la atención, es un dolor como juegues con alguien de pulso no férreo, que los turulillos se caen por ahí que da gusto. Además, para que queden bonitos, los marcadores de cada jugador tienen un lado recto y otro cortado en diagonal, y a cualquier maniático del orden le va a costar la ración de ansiolíticos de la semana soportar esos grupos de barrilitos en los que de repente hay uno torcido. Estilo sobre usabilidad una vez más.

Estado mental tras haberte intentado aprender todas las reglas de Agra de una sentada: definición gráfica.

Y todo esto para algo que tampoco es tan, tan complejo una vez salvadas todas las barreras: en tu turno tienes una acción, que es poner un muñeco en una casilla y hacer lo que se hace en esa casilla, y mil acciones secundarias que consigues tumbando a los muñecos que ya tuvieras sobre el tablero o gastando marcadores de favor que recibes cuando pasan determinadas cosas (principalmente, que echen a uno de tus muñecos no tumbados de la casilla que ocupara). Te buscas el mejor modo de ir consiguiendo los materiales que necesitas en ese turno, y luego usas esos materiales para mandárselos al señor del bigote del troquel, quedarte con una carta de noble que te dé habilidades especiales o satisfacer uno de los pedidos disponibles. Hacer esas cosas te da dinero, y al final de la partida gana el que tenga más dinero disponible.

El puzle que plantea Agra cada turno me agrada (no os quejéis, que sólo he hecho una vez el chiste), esto de ir transformando una mercancía en otra y con esto de aquí la cambio por esta de acá y ahora muevo mi granjero para producir más algodón y construyo un edificio para convertir la madera en tablas es un rollito que me llama mucho, y es parte de lo que hace de juegos como Le Havre obras maestras, pero no sé si me merece el esfuerzo de tener que explicar las reglas, consultar el manual para ver qué me he olvidado, ir colocando barrilitos para que estén donde tienen que estar y enfrentarme a ese tablero tan mal diseñado, y porque ya tengo otros juegos que me llenan más y prefiero ahondar más en ellos a ir de picaflor rascando sólo la superficie de mil diseños que acaban siendo variaciones sobre el mismo tema. Y todo esto para que veáis si mis consejos son sabios que, para una vez que no me hago caso, lo acabo lamentando.

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