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Fearsome Floors – Yo fui un Furunkulus adolescente

Finstere Flure. Friedemann Friese, 2003. 2F-Spiele.

Ficha en BoardGameGeek

Las dos marcas de Friedemann Friese: el color verde y las portadas feas.

Una de las principales críticas que sufren los juegos de escuela alemana es lo soso de sus temas: que si faraones egipcios, que si comercio con provincias de ultramar, que si mercaderes renacentistas.., la verdad es que no son mi idea de la emoción, aunque no suele hacerles falta, ya que estos juegos se suelen basar en unos mecanismos sólidos en los que la gracia está en saber hacer girar los engranajes en el orden correcto. Aun así, es de agradecer encontrarse con un juego que intenta, al menos, ser un poquito distinto en este aspecto, y si hay que irse casi quince años atrás a encontrarlo, se va y punto.

En Fearsome Floors tenemos varios grupos de amiguetes que han ido a pasar el fin de semana a una casa rural así como apartada pero que oye, estaba muy barata, y a la hora de salir nos encontramos con el temible Furunkulus, un monstruos tan sediento de sangre como tontaco. Nuestro objetivo, entonces, es salir vivos de ahí, correteando por la sala, empujando piedras para escondernos tras ellas, resbalando con los charcos de sangre de víctimas anteriores y, si la cosa se tercia, engañando a Furunkulus para que se coma a los personajes de los demás.

Crea tu propio engendro del infierno.

En una ronda nos vamos a turnar moviendo nuestros personajes, cada uno de los cuales tiene un movimiento distinto y que depende de cada turno (así, tenemos un personaje que mueve un espacio primero y seis después, otro que mueve dos y cinco, y otro que mueve tres y cuatro). Cuando todos los personajes hayan movido, le toca a Furunkulus: se saca una loseta para ver cuántas casillas mueve y allá que va.

Y en el movimiento de Furunkulus es donde está la principal baza de Fearsome Floors: aquí el amigo, si lo dejan tranquilo, va hacia adelante, que es un monstruo de ideas claras, pero si en algún momento ve a algún personaje directamente ante él o a alguno de sus lados, se gira hacia él y avanza en esa nueva dirección. Una partida de Fearsome Floors se parece un poco a cuando jugábamos a la gallinita ciega y hacíamos ruido adrede para que el que se la ligaba fuera para allá mientras el resto nos movíamos hacia el otro lado.

Para complicar un poquito más las cosas, podemos llenar la sala de trastos que entorpezcan o faciliten el camino: tenemos piedras que bloquean la vista de Furunkulus y que podemos empujar de un lado a otro, charcos de sangre que nos hacen resbalar y mover varios espacios de una vez y, si nos ponemos chulitos, cristales, teletransportadores y piedras que modifican el movimiento de Furunkulus cuando las toca. De momento sólo me he atrevido a jugar con piedras y charcos, y nada más que con esto ya nos resultaba bastante difícil calcular cómo iba a moverse nuestro amigo, pero es muy de agradecer esta posibilidad de complicar las cosas para cuando le hayamos pillado un poco más el truco.

Recuerda que lo importante no es correr más que el monstruo, sino no ser el que menos corra.

Fearsome Floors es un juego que engaña: por un lado la información que tenemos es casi perfecta  ya que el único azar del juego está en las casillas que mueva Furunkulus cada turno, pero por otro nos enfrentamos no ya a un problema de tres cuerpos, sino de diez o doce (o más, si nos liamos a meter jugadores), y puede haber algún momento en que a alguien haya que apretarle el botón de reinicio porque se nos haya quedado atascado pensando en el movimiento óptimo, pero para mí la esencia del juego está en abandonarse al caos, hacer estimaciones sobre la marcha y cruzar los dedos para que la cosa salga bien. Claro que también puede que esa sea la razón por la que aún no he ganado una partida.

En cualquier caso, estamos ante uno de esos juegos que nunca van a estorbar en una colección: un juego que acomoda de dos a siete jugadores (aunque las sensaciones sean muy distintas: a más gente, más descontrol), que tiene un tema simpático con su rollo de peli de terror de los 50, que ofrece un reto distinto a lo que vamos a encontrar casi cualquier otra parte en esa especie de RoboRally invertido con todo el mundo intentando “programar” el movimiento de Furunkulus y, sobre todo, que permite decir Furunkulus una y otra vez, que es una palabra tronchante. ¿Qué puede no gustar? En mi caso, nada, y por eso ahí va ese sellaco, que lo tenía acumulando polvo ya.

Recomendado para: quienes estén interesados en un juego de carreras original y que sepan que el hecho de que un juego sea caótico no quiere decir que sea tonto. Y quienes consideren que no se pronuncia la palabra Furunkulus lo suficiente.

 

 

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