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Reseña: Kingsburg

Andrea Chiarvesio y Luca Iennaco, 2007 - Stratelibri (EDGE Entertainment)

Todo exterior, para entrar a vivir.

Todo exterior, para entrar a vivir.

Hoy en día, en pleno 2015, quien más y quien menos tiene su juego de gestión con dados: que si los usas para representar la inteligencia de tus trabajadores, que si buscas combinaciones para llevar a cabo una acción u otra, que si los usas para recoger losetas de según qué casilla... Pero hace años había que tenerlos muy cuadrados para mezclar estos conceptos que parecían contrapuestos: los dados estaban para matar orcos y disparar cañones de plasma, no para convertir dos oros y una roca en un edificio que te dé puntos de victoria. La historia ya la sabéis: siempre tiene que haber un loco que decida juntar la mantequilla de cacahuete y la gelatina, la morcilla y las anchoas o la Nutella y el jamón, y gracias a esa locura surgió Kingsburg.

La meta en Kingsburg es la más noble de todas: tener más puntos de victoria que el resto al final de la partida. Para ello, cada turno tiraremos tres dados y nos iremos turnando colocando uno, dos o los tres en una de las casillas del tablero. Para poner dados en una casilla, su suma tiene que ser igual al número indicado en ella y, como es natural, a mayor valor de una casilla, más potente es lo que consigues. Cuando todo el mundo haya terminado de colocar dados, se recogen, se toman los recursos u otros beneficios correspondientes, se construye un edificio si se puede (que dan puntazos y capacidades especiales), y así doce veces.

¿Cersei? ¿Robert? No sé de quiénes me hablas.

¿Cersei? ¿Robert? No sé de quiénes me hablas.

Hay dos cosas que hacen que Kingsburg destaque sobre otros juegos de gestión de recursos de peso medio: la primera es la fase de colocación de dados/trabajadores. Aquí el azar de las tiradas funciona muy bien a la hora de darle variedad a la partida; en primer lugar, el jugador que haya sacado el total más bajo comienza, lo que compensa bastante bien el desequilibrio que puede provocar el azar: quienes tengan resultados más altos tendrán acceso a casillas más potentes, pero cuando les llegue el turno tendrán menos opciones disponibles. Este sistema no es perfecto, y si alguien está sacando una vez tras otra tiradas altísimas mientras que los demás jugadores no ven un 4 ni en pintura la partida queda bastante sentenciada, pero la mayoría de las veces es más que suficiente. Por otro lado, el nivel de tocapelotismo del juego puede ser muy alto, ya que es muy habitual (y necesario además) fijarse en los dados de los demás para ver qué posiciones corren peligro o cuáles pueden dejar a otro sin opciones para colocar. Luego ya verás qué hacer con esa madera que tampoco te parecía tan urgente, pero de momento el otro se queda sin acciones, que siempre es algo bonito de hacer.

Y otra pequeña genialidad es la fase de invierno: mientras que otros juegos más ñoños se limitan a decirte que de les des sopitas y galletas a tus trabajadores de vez en cuando, aquí lo que te aguarda cada tres turnos es una invasión de goblins, zombis, bárbaros o dragones dispuestos a devorar esas torres que tanto te ha costado construir. Por si fuera poco, la fuerza de cada una de esas invasiones es desconocida (a no ser que hagas el esfuerzo de colocar tus dados en las casillas que te permiten echarle un vistazo a la carta de ese año), con lo que muchas veces te verás en la duda entre acumular fuerza militar que puede que no llegues a necesitar, con el coste en recursos y oportunidades que supone, o cruzar los dedos y rezar por que los bárbaros vengan algo desnutridos este invierno y lo que pierdas durante su ataque sea menos que lo que hayas ganado por invertir en recursos en lugar de ejército.

lala

Tablero personal antes del boom inmobiliario.

Kingsburg no es un juego perfecto: algunas casillas del tablero y algunas de las construcciones disponibles son mejores que otras, y puede que a base de jugarlo una y otra vez te veas repitiendo un mismo patrón. Si, a pesar de estas cosillas, sigues viendo cómo es un juego que sale muy fácilmente a mesa y quieres darle algo de chispa, la buscadísima expansión To Forge a Realm es casi una necesidad: añade edificios nuevos, eventos, capacidades únicas para cada jugador e incluso alguna regla nueva que hace la fase de invierno aún más interesante. Si no, siempre puedes probar Alien Frontiers, que muchos consideran su sucesor habitual o, quién sabe, buscar en rincones más oscuros a ver qué encuentras…

Lo mejor: un euro ligero y con mucha interacción, que se hace realmente impresionante con la expansión.

Lo peor: el juego básico no está del todo equilibrado y hay alguna que otra estrategia dominante.

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1 Comentario en Reseña: Kingsburg

  1. No soluciona el kingsport (festival) el desequilibrio de kingsburg? (pregunto). A esa gente cerd…simpática a la que los dados aman y tienen siempre buenas tiradas es difícil pillarlos. En kingsport si vas a por “to lo gordo” pierdes cordura y a la larga, aunque tus tiradas sean la po… con cebolla, no tienes otra que ir a lo bajini.
    Lo digo porque curiosamente kingsburger está en tu top 100 y kingsporc no.
    Y esa es mi dudilla, amable señol 🙂

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