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Reseña: Monopoly

Elizabeth J. Magie, 1903 (Charles Darrow, 1933) – Parker Brothers (Hasbro)

Ódialo o ámalo, pero ahí está.

Muchos juegos llevaba ya comentados sin reseñar al abuelito de los juegos de mesa modernos. No es por nada que, cada vez que planto un Alta Tensión o un Battlestar Galactica sobre una mesa y comienzo a explicarlo, siempre hay alguien que pregunta: “¿esto es como el Monopoly?”, y es que para la gran mayoría del mundo “Monopoly” y “juego de mesa” son prácticamente sinónimos. Y, sin embargo, de tan conocido y tan lugar común como es, casi no sabemos nada de él: recuerdos borrosos de partidas interminables, de tratos draconianos, de primos llorando y dinero de papel cambiando de manos pero, ¿qué es, en realidad, Monopoly?

Si no sabes demasiado sobre juegos de mesa, te sorprenderá saber que Monopoly es un mal juego.

Hay una razón por la que en las estanterías de los coleccionistas de juegos más obsesivos no resulta fácil encontrar una copia de Monopoly, y esa razón es, sencillamente, que es un juego bastante superado en casi todos sus aspectos pero, sobre todo, en uno: las decisiones.

La gracia de la inmensa mayoría de los juegos de mesa está en las decisiones que tienes que tomar. En tu turno tiras los dados, mueves hasta la casilla que éstos te indican, robas carta, pagas alquiler, compras propiedad o subastas una propiedad que no compres y a correr. Entre medias puedes construir casas u hoteles para aumentar el valor de tus propiedades, o llegar a acuerdos con otros jugadores para comprar, vender o intercambiar esas propiedades. En un principio no está mal, pero a la hora de la verdad nos encontramos con que dependemos demasiado del resultado que hayamos obtenido en los dados. Puede que queramos tener muchas propiedades baratas en lugar de pocas más caras, o que pretendamos construir más casas que hoteles para impedir que los demás encarezcan sus alquileres, pero si caemos en la casilla que no nos vale, lo que queramos hacer importa poco: no comprar una propiedad libre cuando caes en ella no compensa prácticamente nunca, y a la hora de construir las decisiones resultan también bastante obvias.

¿Qué casilla quiero comprar? Qué más da, tú tira los dados.

Otro de sus puntos débiles es la eliminación de jugadores. Monopoly es un juego que suele durar entre hora y media y dos horas (jugado correctamente, pero de eso ya hablaré luego) y, según su reglamento, el ganador es el último jugador en pie. Esto puede tener como resultado que algún jugador muy derrochón o con muy mala suerte se vea fuera de la partida casi al principio y tenga que pasarse su buena horita larga esperando a que al menos otro jugador caiga para al menos tener alguien con quien hablar. Y quedarse mirando cómo otros juegan no suele ser la apoteosis de la diversión.

Entonces, ¿cómo es que tanta gente lo ha estado jugando durante más de cien años? Pues porque la gran mayoría de la gente se inventaba las reglas: se juega hasta que haya un ganador claro en lugar de a eliminación, se hacían tratos turbios para mantener al peque en la partida y que no se pusiera a llorar y, en general, se movían las piezas de manera bastante arbitraria hasta que llegaba la hora de cenar y se recogía el juego sin terminar. Por eso el rescoldo que nos queda a muchos de esas partidas infantiles es positivo: nos acordamos de los momentos de hacer cosas, de ser los dueños del Paseo del Prado y de cambiarle a papá dos casitas por chopocientos millones, de caer en el parking gratuito e hincharnos a billetes… Pero no del juego.

Si sabes mucho de juegos de mesa, te sorprenderá saber que Monopoly es un buen juego.

No, en serio: abre la caja (seguro que tienes alguno por ahí, perdido en un armario, que te regaló la tía Gertrudis por Reyes) y lee las reglas. ¿Te das cuenta de cómo está todo mucho más estructurado de lo que creías? ¿Ves ahora por qué todos esos añadidos que creías que mejoraban el juego, en realidad, se lo cargan? Ese “parking gratuito” que metía dinero en la partida de una manera indecente y añadía horas y horas a su duración, el límite de casas que está ahí para añadir competición y evitar cambios demasiado bruscos en la situación de juego, esos tratos de “no me cobras alquiler en el sitio X nunca más” que, directamente, hacen que el juego no tenga ningún sentido: gran parte de lo que odiabas de Monopoly, en realidad, nunca formó parte de él.

Monopoly es un gran juego en cuanto a su valor educativo, que es claro y directo: en un sistema capitalista, el que más tiene, más posibilidades tiene de conseguir más aún. Por contra, una vez que empiezas cuesta abajo, es muy difícil remontar el vuelo. Lo que Agricola hace con el mundo rural, Monopoly lo consigue con el de los negocios: te quita las gafas color de rosa y te muestra lo injusto y cruel que es en realidad.

El tío Pennybags también sufre como todo el mundo.

El tío Pennybags también sufre como todo el mundo.

Pero claro, jugamos para divertirnos y, ¿merece la pena en ese sentido, hoy en día, Monopoly? Quizá no como para correr a comprarte la última edición de coleccionista, pero desde luego tampoco es tan horrible como para tener que empezar a buscar excusas cuando tres amigos lo plantan sobre una mesa. Si decía antes que uno de los problemas principales de este juego es su falta de decisiones, por otro lado eso hace que las pocas decisiones que tomas tengan mucho más impacto en el desarrollo de la partida. Acostumbrados como estamos a los juegos con micropagos en los que ganas 1-5 puntos en cada turno y al final terminas con unos 300, jugarnos la partida en un único trato puede parecer exagerado, pero también nos ofrece una emoción y una sensación de riesgo que hoy en día es difícil de encontrar. Trata la partida como una partida a Los Sims en la que ves cómo se va desarrollando todo solo y, en algunos momentos clave, el juego se pausa, se evalúa y se toma una decisión que va a decantar el curso de los acontecimientos hacia uno u otro lado. Puede que sólo tengas 3 ó 4 de esos momentos durante toda la partida, pero son momentos que quedarán en tu memoria y que comentaréis días y meses después.

La próxima vez que te ofrezcan echarte un Monopoly, no intentes tirarlo por la ventana: siéntate, asegúrate de jugar según las reglas, disfruta de los momentos que te ofrezca y, cuando termine la partida, di: “Ha estado divertido. El próximo día traigo yo un juego de los míos, ¿vale?”.

Lo mejor: combina unos pocos puntos de decisión y negociación muy tensos con periodos relajados que juegas en automático y puedes aprovechar para conversar con los demás jugadores sin tener que preocuparte demasiado por lo que pasa en el tablero.

Lo mejor: hoy en día hay multitud de juegos que te pueden ofrecer esos mismos momentos sin tanto tiempo muerto entre ellos.

 

 

 

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1 Comentario en Reseña: Monopoly

  1. Juegazo! 😛

    Nosotros también pensamos reseñarlo algún día, para que tenga su lugar comparado a los modernos. Aunque tendríamos que pedir prestada una copia o rescatar el Superpoly dondequiera que esté… 😉

    El caso es que es cierto que muchas de las reglas caseras lo hacían interminable, pero aun jugado con sus reglas, estar a merced de un dado (y de esa forma) para nosotros sigue haciéndolo insufrible, pudiendo estar echando un Agrícola, por ejemplo…

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